¿Jabes ño que te quero nechir?

(U otra contrapaliza in retardando)

Int. Bar Anduriña. Muy de noche.

No, ni tú lo sabes, por eso haces esa pregunta con tanta insistencia, porque no lo sabes, cabrón ¡Pero si te acabas de terminar el sexto carajillo! Has perdido el hilo de la cuestión hace rato, no puedes estar a por dos cosas a la vez; o ves el partido o hablas; o te aplicas a observar la repetición minuciosa del último movimiento con que nuestro actual champion de dominó acaba de derrotar a su adversario o me sigues propinando la infernal paliza de verbo insustancial. Pero, por favor ¡No me toques el codo cada vez que repites: ¿Sabes lo que te quiero decir? ¡Cojones! No tienes idea de lo que me produce semejante tacto. Preferiría que cada vez que necesites llamar mi atención sobre un punto muerto de tu diatriba, impelido quizás por esa insistente, atenta y sobretodo muda indiferencia con la que te observo desde una profunda lejanía soltar sandeces, preferiría, digo, que me propinaras un puñetazo directo a la nariz ¿Sabes lo que te quiero decir? ¡Pum! ¿Entiendes o no? ¡Pum! ¡Pam!

No exagero, te juro que prefiero una bofetada de circo a ese sutil, delicado succionar con que tus dedos amarillos por tanto apretar cigarrillos baratos me cogen del brazo... A veces creo ciegamente en que tú debes ser un iniciado en el arte de la tortura; tus palabras toscas, tus ilaciones carentes de sentido, tus adornos brutales cuando hablas de las mujeres que no has podido tocar y de los putos maricones que no han podido tocarte. Por suerte para ellos. Y de tu fundamentalismo deportivo al defender el balón como un icono cultural y el fútbol como un arte incomprendido.

¿Pero es que te estás sacando un moco? ¿Estás escarbando en tu nariz mientras me hablas? Ni siquiera haces el esfuerzo de callarte ahora que sonsacas el último argumento de tu cerebro, el cual seguramente tienes en la nariz. En cambio, haciendo gala de una naturalidad y una práctica a toda prueba, me lanzas un «¿jabes ño que te quero nechir?» gangoso y gutural debido a que no puedes esperar a terminar la faena antes de proseguir. Pero necesitas concentración para extraer tu moco y ya no puedes hilar acontecimientos cotidianos con veterana soltura ni estructurar tus casi xenófobas teoricillas a la vez que extraes tu propia mierda acumulada.

¡Y mira por donde! Entre que haces la mandonguilla con una mano y con la otra sigues extrayéndote mocos, te entra algo así como una morriña de bebé y te quedas absorto, con los ojos medio cerrados y arrullado por aquel masaje interno a tu tabique, en la repetición de una jugada futbolera. La tele del bar es enorme y tiene canal digital. Parece que te absorbe y te va tragando como a la niña de Poltergeist... Pero ¿Qué te pasa? Ya no me miras, ni me hablas y han pasado más de dos minutos. Me pongo nervioso ¿Es que acaso no he demostrado ser un escuchador digno de tus sandeces?

Sigues callado... Pienso en pedir otra cerveza, pero, si ya no seguirás hablando: ¿Qué más puedo hacer yo en este bar, a las dos de la madrugada? Siento un vacío tan inmenso... ¡Ey, que estoy aquí! ¡A ti te escucho! Agárrame del codo si quieres, practica tu arrebatador ejercicio, gástame el brazo, sacrifícame... ¿Es que no te das cuenta de que no conozco a nadie en este bar, en este barrio, en éste país? ¡Mierda! Me da terror la soledad... no quiero irme a casa.

Abandono el bar y no te dignas ni siquiera a dirigirme una mirada. Así callado pareces tan irreal, difuso... o no: Más bien te me antojas excesivamente real, corpóreo, concreto, como si formaras parte del mobiliario. Pareces una extensión de codos con que la barra del bar se comunica con el exterior. Probablemente no soy para ti más que una abstracción, una consecución lógica de tus fervientes deseos de derrochar oralidad, o para hablar en términos geopolíticos: «Soy parte natural de la extensión de tu espacio vital». Me dirijo a la salida del bar y mientras agarro el pomo de la puerta de cristal giro la cabeza para dirigirte una bobalicona sonrisa de despedida, pero tú no te dignas siquiera a mirarme.

¿Y qué hago yo a esta hora? ¿Adónde voy con mis oídos? Me siento tan vacío, tan vacío...

Beto Stocker


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http://www.tabernil.com/2007/03/jabes_no_que_te_quero_nechir