a mi padre
Se me antojaban horas las que llevábamos detenidos a unos pocos metros del puente del Río Malleco, el puente más alto de Chile. Conformábamos una fila de camiones de gran tonelaje que hacía rato habían decidido callar sus motores, resignados ante una espera que se alargaba y se alargaba. Yo estaba un poco enfadado, porque el día anterior, cuando atravesamos el puente en dirección a Temuco, mi padre no quiso despertarme porque, según él, yo dormía muy plácidamente. Y ahora, de regreso, cuando había procurado no dejarme llevar por el ronroneo del motor para no dormirme, sucede que había que esperar, y además tan cerca... ¡Era el puente más alto de Chile! Eso significaba demasiado para mi imaginación ya excitada de por sí ¿Cuán alto es el puente «más alto» de Chile? ¿Se vería el fondo? A veces me lo imaginaba ladeado debido a la altura, no sé por qué, y pensaba que tendríamos que pasar lentamente sobre él para no caernos.
Era uno de esos días de llovizna fría, insistente y penetrante, característica de la Región de los Lagos. O como se le dio en llamar en tiempos de dictadura: Región X, o Región Décima en el colmo del derroche adjetivo. Y estábamos en plena dictadura. 1981. Lo recuerdo porque hacía poco que Pinochet, el General en Jefe del Ejército, Excelentísimo Don Ramón Augusto Pinochet Ugarte, director honorario del deportivo Colo Colo, miembro honorífico de la junta directiva de Bomberos de Chile, portador de la medalla «Bernardo O´Higgins Riquelme» (el padre de la patria) por su heroísmo en la gran gesta que «liberó» al país de la asolada comunista, y, entre otras cosas, «presidente» de Chile, había ganado de manera fraudulenta las elecciones de 1980, destinadas en definitiva a perpetuar el poder que le arrebató a balazos al presidente Salvador Allende en 1973.
El ambiente estaba caldeado. Por eso no era extraño, al ver militares en la entrada del puente, que mi padre, aferrado al volante y mirando fijamente a través del parabrisas del camión como si éste le sirviera a la vez de telescopio, pensara en voz alta y sin dirigirse a nadie, que era lo que solía hacer: «Aquí cagamos... estos milicos están más soberbios que nunca desde que creen haber ganado las elecciones». No dijo nada más. Pero, apenas acabó la llovizna y se abrió un enorme claro a gran velocidad, fenómeno habitual en el sur de Chile, decidió bajar del camión para «averiguar que guevá» pasaba, y «espérame aquí, y no te bajes de la cabina, vengo enseguida». No tuve tiempo para protestar, pero me fui a su asiento, saqué la cabeza por la ventanilla y le vi alejarse por el lado izquierdo de la gran cola de vehículos en dirección al puente. Su caminar era nervioso y veloz, a zancadas. De pronto se detuvo ante un bulto de gente y ahí se quedó.
Podía ver como gesticulaba, como movía los brazos en círculo cual si fuesen las aspas de un molino, y cómo retrocedía un paso cuando alguno le interrumpía. De vez en cuando sacudía la mano con los cuatro dedos juntos, rígidos, y con el pulgar encogido sobre la palma en dirección a la boca del puente en donde se apostaban los numerosos militares; era como si les disparase con la única pistola que sabía manejar. Evidentemente les estaba «lavando la cabeza» a sus colegas. Así me solía decir cada vez que venía de una de sus expediciones de esta índole: «Les estaba lavando la cabeza a estos descerebrados». Los militares, obviamente, eran el punto de mira de todas sus metrallas.
Cuántas veces yo, que llegaba a duras penas a la cintura de mi padre y sus compañeros, arremetido en medio del círculo de camioneros que entablaban una conversación casi siempre al lado de la carretera, o esperando alguna carga, pude observar que recibían los comentarios de mi padre como niños a los cuales se les cuenta alguna cosa prohibida, sexual. Hombres maduros, con sendos zapatones, la mayoría con jeans desteñidos, amplios y aptos para permanecer horas y horas sentados frente al volante moviendo las piernas constantemente con el fin de accionar los pesados pedales de un camión de carga. Hombres mal pagados y bien explotados que vivían en una inconsciencia generada por la ignorancia y el miedo. Los mismos hombres que durante el gobierno de Salvador Allende se fueron al paro nacional con un buen aguinaldo en el bolsillo, pagados por sus jefes y éstos a su vez por la CIA and Company, paralizando la producción de todo el país: «No tienen idea. No entienden nada. Están cagados de miedo. Estos huevones nunca se van a ir al paro nacional a menos que alguien les pague. Y ahora es el momento, ahora...».
Mientras, ahí en la cabina del camión, esperando que el capitán volviera y fustigara las máquinas para pasar de una vez el famoso puente más alto de Chile, me aburría agradablemente encendiendo y apagando la radio y dándole al AM, FM, AM, FM. Ejercicio inocente que practicaba para despistarme a mí mismo y no reconocer que estaba a punto de abrir la puerta de la cabina y lanzarme a la intemperie. Ya se me habían olvidado las advertencias de mi padre respecto a mi inamovilidad. Olvido al que ayudaba no poco el entorno que nos rodeaba: Bosque. Profundo, aromático, densamente poblado y verde, con un sinfín de curiosos silbidos pajariles que me llamaban desesperantemente la atención.
Al principio lo intenté. Resistí hasta que el último trozo de mí fue ocupado vilmente por el Tedio, uno de los más temidos y torturantes fantasmas del mundo de los niños. Luego de ser ocupado íntegramente por él, mi cuerpo ya no me pertenecía y respondía a otros llamados, más sencillos y salvajes que las sensatas órdenes paternas.
Luego de volver a mi asiento, el del copiloto, abrí la puerta con experimentada habilidad (menciono esto no por vanidad, sino porque me costó un par de años dar con la manera correcta y rápida de abrir la pesada puerta del camión), y aferrándome con firmeza al hierro que atraviesa verticalmente el marco de dichas puertas para ayudar a los viajantes a bajar y subir de la cabina, logré dar por fin con tierra firme.
Y entonces comencé a correr...corrí hacia el bosque en un estado febril, por entremedio de enormes pinos, sobre un manto húmedo de paja rojiza y piñas lanzadas al suelo por las ramas de árboles gigantes. Todo era humedad. De las copas caían innumerables gotitas de lluvia acumulada. Una punzada en el bajo vientre me hizo detenerme en seco y desahogar la vejiga con nerviosismo, entrecortadamente, levantando del suelo un vapor aromatizado de orín y humus que yo exhalaba con exquisito deleite. Pero más que hacia abajo, yo miraba a lo alto con el cuello tensado a su máxima capacidad, a ese techo de frondas verdosas y azuladas por donde se colaban certeros rayos de luz blanca y fría.
Un par de veces volteé a mirar hacia atrás instintivamente para comprobar que no había perdido de vista la carretera y la larga hilera de camiones. Pero mi excitada imaginación podía fácilmente generar sus propias imágenes o transformar una forma cualquiera en lo que yo deseaba ver para tranquilizarme. No es que un niño vea un camión cuando observa un árbol, pero si este niño corre por entre un bosque de pinos, inhalando bocanadas de un purísimo oxígeno cargado aún con los restos minerales de la lluvia recién caída, es posible que transforme el árbol en camión para tranquilizarse y así seguir adelante en su dicha.
Seguí corriendo algunos minutos, saltando troncos, esquivando matas, con las fosas nasales ardiendo y la garganta carrasposa de tanto respirar frio y humedad. Adelante podía percibir una enorme claridad, una claridad que se había transformado en la meta de todos mis impulsos. No me hacía ninguna hipótesis respecto a qué respondía esa claridad. Tampoco esperaba de ella más que el placer salvaje que me producía la densidad arbórea que me rodeaba. Pero de pronto un estrepitoso bocinazo de camión, el cual es muy parecido al de una locomotora, probablemente menos fuerte pero a la vez más nasal y punzante, me obligó a voltear la cabeza al instante sin dejar de correr, sobresaltado. Y antes de sacar las conclusiones que tenía que sacar respecto a la proveniencia y significado de ese bocinazo, un suave murmullo de aguas me hizo voltear nuevamente la cabeza a mi posición original: ¡Y cual no fue mi espanto cuando descubro que estoy a punto de precipitarme por un horrendo abismo!
No sé que teclas de sobrevivencia se activaron en mi cuerpo. Lo que sí puedo decir es que no me detuve de sopetón, como era natural que hiciera para no caer en aquella profundidad. En vez de eso, alcé de golpe las piernas, me elevé unos centímetros del suelo y quedé automáticamente clavado en la tierra con un duro golpe de nalgas. En un primer instante no me atreví a mirar más que hacia el frente, hacia la hilera de pinos que se divisaban al otro lado del enorme barranco. Y luego, con muy pocas ganas de hacerme cargo de mi situación, atisbé hacia abajo con el rabillo del ojo derecho, con la cabeza completamente metida entre los hombros y con una expresión de angustia en el rostro que no hubiese podido igualar ni el mismísimo Prometeo al ver sobrevolar las águilas sobre su torso desnudo.
El resultado de tan lamentable escrutinio me acercó peligrosamente al total desfallecimiento. Lo que vi fue una porción de un afluente verdoso, de una delgada línea de agua turquesa. Pero lo vi abajo, muy, demasiado abajo, casi tanto que para reconstruir la imagen de esa cinta de agua en mi cerebro y luego unirla con la palabra «río», tuve que responder más a la intuición que al raciocinio de mis ojos. Entonces la tierra pareció hundirse mientras mi cuerpo se reclinaba de espaldas sobre ella, independiente de mí mismo, hasta quedar completamente tendido sobre las hojas mojadas.
Así permanecí por algunos segundos, aterrado, hasta que otro bocinazo, esta vez lanzado a intervalos cortos, nerviosos, me ayudó a salir del estado de pánico en el que me hallaba. Bien agarrado con ambas manos del hierbajo que había a mis costados, comencé a «tantear» el suelo con mis pies con el fin de impulsarme hacia atrás y así lograr incorporarme. Más mis pies no tocaban nada. Entendí mi situación y se me renovó el pavor. Los ojos se me llenaron de lágrimas. Pero ¿de qué servía llorar? En un segundo y más decisivo intento, me agarré fuertemente con ambas manos de la hierba, jaloné mi cuerpo hacia atrás y con desesperadas contorsiones logré colocar mi pequeña humanidad a salvo del abismo. Un tercer bocinazo, esta vez largo e insistente, seguramente producto de la gran presión con que mi padre jalaba del cordel del claxon, me impulsó a ponerme en pie de un salto y correr por el mismo camino que creía haber tomado para llegar hasta ahí.
Seguí mi instinto y no estuve muy fallido, pues alcancé la carretera en menos de un minuto. Pero la fila de camiones había desaparecido. Peor aún, mi loca carrera de regreso me había acercado a sólo un par de metros de la entrada del puente, en donde una cuadrilla de militares charlaban alegremente mientras fumaban cigarrillos. Al verme aparecer de pronto parecieron extrañarse, interrumpieron su plática y luego, al hacerse cargo de la situación sonrieron socarronamente. Uno de ellos apuntó con su fusil hacia la carretera. Pero yo no quería mirar dónde ellos me señalaban. Me había quedado petrificado, aguantando la respiración. Los militares sonreían. Un nuevo bocinazo me hizo voltear a mi izquierda salvándome de esa tensa situación. ¡Ahí estaba el camión de mi padre! Parecía un camión nervioso y disgustado, pues su motor gruñía de ganas de arrancar y su estructura toda, de proa a popa, temblaba de ansiedad. Estaba colocado mitad sobre la carretera y mitad sobre la berma para dejarle paso a los demás vehículos. De la ventanilla del conductor salía el torso de mi padre; todo él era un enérgico llamado. Corrí hacia el camión angustiado y alegre a la vez. «¡Ve por la berma!» Me gritaba una y otra vez mientras me acercaba: «¡Ve por la berma!».
Cuando llegué al camión y para disminuir el enfado de mi padre hice gala de toda mi experiencia como copiloto e intenté subir a la cabina en dos saltos, los famosos dos saltos del copiloto profesional, con el triste resultado de que resbalé varias veces en mi intento bajo la escéptica mirada del piloto, que terminó por jalarme al interior de la cabina con un grito: «¡Sube de una vez!». Y no estaba aún sentado en mi sillón, cuando el ansioso camión, casi con sus tres primeras marchas pasadas a la vez, se encaramó del todo sobre la Panamericana y se dirigió decidido hacia el puente más alto del mundo... de Chile.
Al llegar a la entrada del puente Malleco toda la cuadrilla militar nos hacía exagerados gestos con la mano para que nos apresuráramos. No sé si me lo imaginé, pero creo que al pasar junto a ellos, mientras el conductor mantenía su atención fija en un punto lejano de la carretera sin dignarse siquiera mirar a los soldados, el camión hizo un imperceptible movimiento hacia ellos, como diciéndoles: «¡Si quisiera, os atropellaría a todos en un santiamén!» La velocidad con que pasó el camión sobre el puente, más lo que alcancé a ver hacia abajo me impresionaron tanto luego de mi reciente experiencia, que me metí como pude en la litera que hay entre los asientos y el frontis de la cabina para no ver más. Cuando volví a mi posición habitual pude comprobar que ya no habían puentes más altos de Chile bajo nuestras ruedas: A ambos lados del camión se extendían interminables bosques de pinos que escoltaban la larga y angosta (igual que el país al que atravesaba), Carretera Panamericana.
Pero poco tiempo duró la tregua, porque de pronto la presencia de mi padre volvió a tomar corporeidad. Me atreví a mirarlo. Se aferraba muy fuerte al volante, absolutamente erguido y con el entrecejo y los labios extremadamente apretados. Eso, más que no había pronunciado ni una sola palabra desde que reemprendimos la marcha, me daba una cuenta bastante aproximada de su enfado. De vez en cuando interrumpía su silencio para inferir durísimos insultos que recaían sobre todas las Fuerzas Armadas junto a sus correspondientes familias, antepasados, descendientes y hasta sobre sus almas, si es que en ese entonces las tenían. Así una cincuentena de kilómetros, durante los cuales más de una vez vi pasar, raudas, borrosas, las imágenes de restaurantes de carretera a nuestro costado. El hambre comenzaba a llenarme los ojos de múltiples formas apetitosas y mi padre no tenía ninguna intención de detenerse. Habitualmente, acostumbrado al mimo como yo estaba, ya habría manifestado mi situación de hambre desde que la primera señal de este sentido invasor me abordara. Miraba a mi padre con ojos famélicos cada vez que sobrepasábamos raudos alguno de estos templos del comer. Pero él no hacía ni un solo gesto que me indicase una posible resolución a favor de mis tripas. Su semblante seguía siendo el mismo, hierático, severo. Comencé a preocuparme de verdad. Por todo, por el hambre, por su enfado y principalmente por la incertidumbre, pero ésta no duró mucho tiempo más. El camión fue desandando sus marchas una a una, mientras el embriague, apisonado intermitentemente, hacía gemir los cuatrocientos caballos metidos quién sabe como dentro del motor, a la vez que nos salíamos de la carretera para entrar en el parking de un restaurante.
Cuando nos detuvimos del todo y nos ubicamos entremedio de otros camiones jadeantes, los caballos exhalaron un lastimero suspiro, agotados por el fustigo de la carrera a la cual habían sido sometidos. Luego todo quedó sumido en un preocupante silencio. Sólo se escuchaban, intermitentes, los crujidos de los huesos del camión, ya que siempre se los acomodaba cuando nos deteníamos. Me encogí en mi asiento y esperé lo que viniera.
Piloto: ¿Dónde te metiste?
Copiloto: Me dieron ganas de hacer pichí...
Piloto: ¿Y no pudiste esperar a que yo volviera?
Copiloto: Es que como te demorabas tanto...
Piloto: ¿Y no podías mear desde la puerta como te he enseñado?
Copiloto: Es que...
Mi padre se reconcentró unos instantes en el parabrisas, sumido en algún pensamiento, recordando algo quizás. Podía escuchar su respiración, podía oler esa mezcla de piel muy lavada mezclada con aire frío y motor, ese olor paterno que me daba tanta seguridad.
Piloto: ¿Sabes cuántas películas me he pasado? ¿Con estos milicos conchasdesumadre ahí en el puente, con la gran cagada que tienen por que según ellos alguien avisó que habían puesto una bomba en el puente?
Copiloto: ¿Una bomba?
Piloto: Si, una bomba, pero eso es mentira, nadie les llamó para decir que hay una bomba...
Me quedé callado, realmente perplejo. Mi padre también. Al cabo de unos instantes, hablé.
Copiloto: ¿Entonces porqué dicen que han puesto una bomba, si es mentira?
Mi padre calló y esbozó una sonrisa. Luego miró por su ventanilla hacia fuera, para evitar que lo viese reír. Pero no pudo evitar que sus hombros se estremeciesen convulsivamente. Finalmente escuché como irrumpía en una carcajada, una autentica y feliz carcajada. Yo, como los cortesanos del rey, seguí su risa con no menos ímpetu, aunque no tenía idea de qué nos reíamos. Él intercalaba su carcajada con un «¡Cabro chico preguntón!». Cuando logró dejar de reír me preguntó si tenía hambre; le respondí que sí, que mucha. Seguidamente me miró con ojos profundos, alargó su brazo velludo y colocando cariñosamente su mano sobre mi cabeza me pidió que no volviera a hacer lo que hice. Yo bajé la mirada y observé la punta de mis zapatos para no llorar. Estaban llenos de barro.
Ya dentro del restaurante, junto a otros tantos camioneros que también habían estado en el atasco del Malleco, mi padre continuó su tarea de «lavar cabezas» mientras engullía un sendo Barros Luco. Yo estaba feliz con mis huevos a la paila y absorto en la tele del restaurante, porque justo daban Mazinguer Zeta.
Beto Stocker