La belleza

a Mario

Añadió un poco más de azúcar a su último café con leche. A continuación bajó las escaleras que serpenteaban hacia la playa por el borde del angosto acantilado y, dejando sus zapatos de piel gastada sobre el último escalón, aposentó sus pies sobre la arena tibia.

Mientras caminaba en dirección al mar, apenas diferenciable del cielo en días como aquel, fue despojándose de cuantas prendas lo cubrían: una camisa blanca de manga larga y siete botones; un pantalón gris de franela muy ceñido; una camiseta de algodón que dejó al descubierto el vello de su pecho que empezó a mecerse al compás de la brisa y le hizo sentir su último escalofrío; unos calzoncillos.

Quedó desnudo, derecho como un poste, con la vista fija en el horizonte y un gesto de insensibilidad en su semblante, y pasó así unos diez minutos mientras el vaivén del mar enfriaba sus pies y erosionaba la arena dibujando extrañas formas bajo ellos. Meditó brevemente sobre la ruindad de su pasado y sobre cómo el absurdo y a la vez valiente gesto del suicidio paliaría, aunque sólo fuera para sus adentros, su profundo malestar, aportando un granito de orgullo y dignidad a su infame existencia, y se adentró en el mar caminando primero y a nado después, sin un sólo instante de vacilación ni una sombra de duda que mancillaran la belleza de su acto, hasta que el cansancio hizo mella en sus fuerzas y el agua en sus pulmones. Así terminó todo para Mario Cortés.

Benjamin Nazka


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