Poca gente es consciente del momento exacto de su muerte. No me refiero al momento vital en el que esta acontece sino al momento preciso. Uno puede predecir que la muerte le llegará en la senectud o dentro de un año, en el caso de que el médico le diagnostique uno de esos males que corren desbocados por el cuerpo alimentándose de la vida que éste contiene y de la que jamás se empacha. Uno puede vaticinar que será en las próximas horas, quizá minutos, pero en el justo momento de producirse el desenlace se diría que uno tiene la mente en otra parte, ocupándola en otras cosas que no sólo no son la muerte sino que, sospecho, están en sus antípodas (ojalá supiéramos en qué cosas, ojalá pudiésemos capturar los vivos ese último pensamiento del moribundo, ese Rosebud; ¡aprenderíamos tanto!). Cuando la muerte aparece, rápida y dulce uno piensa que le quedan aún unos segundos al menos; que tendrá tiempo de componer un poco mejor el rompecabezas que le ocupa; que sus retinas recogerán, por última o quizá penúltima vez, la imagen de la persona, el objeto o el paisaje amado.
Esta norma se rompe en el caso del suicida. Tan sólo él es plenamente consciente del instante exacto, del frame puntual en el que su vida se interrumpe o, más concretamente, se destruye.
Ayer por la tarde o quizá esta tarde o quizá mañana por la tarde, Rachidi sube en tropel las escaleras que le llevan a la azotea del edificio del barrio de Hay Fida en el que hace unos meses alquiló un apartamento. Acaba de ver morir a su mejor amigo remendado a balazos. Rachidi lleva un cinturón de explosivos ligado a la cintura que se ciñe, exactamente, al mismo espacio al que se ciñeron los brazos de algunas chicas a las que Raichidi llevó en su moto no hace tanto tiempo, o quizá sea mañana.
Raichidi jadea. Se toma su tiempo para exhalar un aire, aroma a pan, que introduce en sus pulmones a razón de 5314 mililitros cada segundo. El oxígeno de ese aire será filtrado a la sangre que ahora pasa por el corazón antes de que éste se parta en mil pedazos. ¿No es absurdo que Raichidi devore con ansia animal, un aire que está apunto de negarse para siempre? Su mirada se aparta del suelo por un momento, aunque sus manos siguen clavadas a las rodillas en esa postura que los humanos utilizamos para jadear y vomitar. Su cabeza no gira pero sus ojos hacen una panorámica de 90 grados sobre la ciudad. No es fácil discernir si se trata de un acto poético o de un movimiento mecánico. No sabemos si su cerebro llega a decodificar ese paisaje que Hollywood recreó en un estudio hace 65 años y en el que colocó a dioses que viven a 24 imágenes por segundo en un Olimpo de celuloide. Raichidi ve Casablanca por última vez, o la ven sus ojos y quizá el no, o quizá no la ven ninguno de los dos o ambos... Mira o no, y se quita la vida. Qué ha pasado en ese momento por su cabeza es algo que no sabremos jamás. Tampoco sabremos con matemática exactitud por qué lo ha hecho. La mayoría sostendrá que lo hizo o hará por una mezcla de motivos religiosos y políticos. Pero quizá lo hace porque un día dejó de mirar a otra parte y empezó a mirar a todas partes. Jamás lo sabremos. Hasta que nos pase.
La suicida