— Es seguro ser como los demás.
— ¿Quieres sentirte seguro?
— Quiero gustar.
ZELIG (Woody Allen)
Hace muchos años, siendo yo un niño, llegó a mis manos un librito de un señor con nombre y apellido rusos. No sé de donde salió porque no era el tipo de literatura que se leía en mi casa. De hecho en mi casa no se leía ninguna literatura, ni alta ni baja, ni gorda ni flaca. Leer estaba mal visto en el domicilio conyugal de mis progenitores, como casi todo lo que no alentase el trabajo físico —«pico y pala» era la expresión más repetida por mi padre, comprenderéis que la odie con todas mis fuerzas—.
Los primeros libros que leí me los regaló una tía mía maestra de escuela (y a pesar de ello bastante mal educada aunque muy querida). Se trataba de libros escritos para niños (me atrevería a decir niños tontos) que no me interesaban demasiado. Los primeros libros de verdad los robé en una librería-papelería-juguetería-tienda de chucherías de la calle Santuarios de Barcelona hace más de 20 años. Los viernes por la tarde una decena de críos entrábamos en tromba a la librería-pape… al establecimiento de la calle Santuarios, con la única intención de robar todo lo que pudiésemos. El dueño, el señor Miguel —que aún sigue en la tienda que aún sigue en la calle Santuarios— no quitaba el ojo de encima al puesto de chucherías, el principal objetivo de las pequeñas manos de mis ladronzuelos compañeros. Por suerte para mi el celo del propietario por proteger las chucherías (de a peseta, de a duro como mucho) dejaba sin vigilancia y a mi entera disposición el apartado de la tienda dedicado a la literatura. Ni siquiera mis amigos sospecharon jamás que yo aprovechaba su saqueo para llevarme los artículos de más peso económico de la tienda. En aquella época empezaba a utilizarse el código de barras pero las etiquetas trampa, los arcos magnéticos y en general cualquier dispositivo anti robo eran tan de ciencia ficción como la telefonía móvil, Internet o el sexo en televisión. Normalmente no podía (o no me atrevía) a elegir el cuerpo del delito así que mangaba lo que buenamente caía entre mis manos, lo que me obligaba a leer un poco de todo. En casi todos los casos no conocía el título del ejemplar sustraído hasta que no me encontraba a buen recaudo del señor Miguel y de mis amigos en la cuesta de acceso a la parte trasera del Parque Güell. Así las cosas nunca me llevé una decepción, tocase lo que tocase. Sin embargo sí me llevé algunas alegrías al descubrir obras como «La momia» de Arthur Conan Doyle o «Drácula» de Bram Stoker. Otras veces tuve que leer libros menos apetecibles. Supongo que por eso ahora que soy mayor no me molesta en absoluto leer el último (incluso penúltimo) best-seller o libro mediático, e incluso lo hago con gusto y curiosidad.
Decía antes de irme por las ramas que apareció en mi casa el libro de un autor ruso que no era de los míos (de los del señor Miguel). El libro en cuestión se llamaba «Crítica de la crítica» y tenía una portada muy soviética (o al menos eso recuerdo, aunque quizá me deje sugestionar por el nombre y apellidos del autor que, a pesar de no recordar, sé con certeza que eran de origen ruso). Leí ese libro dos veces a lo largo de mi vida. Uno con unos doce o trece años y otro a los diecisiete, justo antes de marcharme definitivamente de casa de mis padres. No sé si el libro sigue allí porque mis visitas a su casa son también muy soviéticas, quinquenales concretamente, pero espero poder recuperar algún día aquella lectura. El autor reflexionaba sobre la crítica de las artes en general y de la literaria, la pintura, el teatro y el periodismo en particular. No recuerdo que se refiriese a la crítica cinematográfica y es bastante probable que el libro fuese editado en una época en la que el cine aún daba sus primeros o segundos pasos. Lo que sí recuerdo es que el autor defendía la crítica como una actitud casi divina y de que hablaba de cómo el crítico debía comprometerse con el arte que analizaba tanto o más que los propios artistas y de que ambos, crítico y artista, debían escribir de la mano la historia del arte.
Algunos lectores de los artículos y comentarios de esta revista pueden tener la sensación de que siento cierta animadversión hacia la crítica. No es así. Lo que sí siento, varias veces al día, es mucho aburrimiento provocado por muchos de los que se hacen llamar críticos profesionales. Y siento, cada puñetero día de este mundo, que ellos deberían también salir a algún tipo de palestra para ser juzgados por lo que son y para recordarles lo que deberían ser para el bien de la crítica y de las disciplinas a las que analizan.
Soy guionista de espacios de humor en la televisión y no necesito ser convencido de que la tele necesita a la crítica. De hecho la tele es uno de los entretenimientos que proporciona trabajo a más profesionales de la crítica y me parece bien. La televisión es un enorme monstruo (no lo digo con intención peyorativa sino con absoluta frialdad intelectual) al que tiene acceso a diario millones de personas y al que no siempre se llega por voluntad propia. La crítica televisiva es, a mi entender, una herramienta muy útil y necesaria para los espectadores y para los que creamos sus contenidos. Por eso acostumbro a leer lo que los profesionales de la crítica escriben sobre el medio en el que trabajo y al que adoro. Y de entre todos los que ejercen esa profesión en mi país sólo he encontrado a unos pocos que cumplen con los requisitos que, en mi opinión, debe tener un buen crítico, a saber: amar el arte del que escriben o hablan y amar la profesión a la que se dedican. Parecen dos condiciones de perogrullo pero sorprende comprobar a diario que la norma es no cumplirlas. Decenas de críticas televisivas destilan un odio inherente hacia el medio en sí, al margen de sus contenidos y de sus posibilidades; y muchos críticos parecen desear dirigir un programa o acaso presentarlo o escribirlo en lugar de escribir sobre televisión. Uno de esos críticos que, según estos criterios míos, merece la etiqueta de Crítico es Miqui Otero que nos regala (literalmente pues trabaja para un medio gratuito) sus inteligentes e irónicas interpretaciones del universo catódico cada lunes en las páginas del periódico ADN. El lunes anterior a la redacción de este artículo mío Otero analizaba un anuncio, un spot publicitario de una marca de tónica (la misma, por cierto, que forma parte de la composición del Gin Tonic que tomo mientras escribo estas líneas). Cito solo el arranque de su memorable crítica: «Falta poco para que Karl Marx se calce unas Nike y corra entre cascotes somalíes mientras suena Money, that’s what I want (de hecho, Adidas ya se anunció con un niño corriendo descalzo —tres rayas de pintura blanca en sus pies— entre favelas brasileñas)». También os dejo el link de su versión íntegra [1].
En el mismo periódico gratuito en el que escribe Otero publica también sus críticas televisivas un tal Daniel R. Caruncho, que sin ser un idiota descerebrado nos obsequia con paparruchas como la que comienza: «Pues sí, soy muy fan de Cruz y Raya. ¿Y qué? ¿Hay algún problema? Es uno de esos placeres ocultos, esas cosas que se te quedan ahí dentro y que jamás sacarás a la luz en una conversa con gafapastas. “Ah, claro, lo dices para hacerte el trash». Pues no. Lo digo porque me molan de verdad». Os dejo aquí también el link [2].
Incluyo un tercer caso, ya extremo, de un tipo llamado Fran Pomares que sí me parece por lo menos descerebrado y que critica (qué aburrimiento) el último reality show estrenado en la tele de mi país. Curiosamente su artículo aparece el mismo día en el que Otero reflexiona sobre la publicidad en televisión. Por no darle un trato diferente al de los otros dos incluyo el inicio de su columna: «Llámame inculto, si quieres, pero es que la mayoría de los nombres de los nuevos protagonistas de Supervivientes (Tele 5) ni me suenan. El único al que he reconocido de partida, gracias a mi afición por los documentales de aventura, es a Juanito Ollarzábal, el bravo escalador español». De entrada hay que darle la razón en lo de su incultura pues Juanito se apellida Oiarzabal y no Ollarzábal. Mal que me pese incluyo también el link [3] a su engendro. La falta de originalidad de Pomares no se queda en el tema a tratar —pues hablando del tema que sea, por muy manido que este esté, se puede ser original—, sino que se convierte en el leitmotiv de su artículo al utilizar en él el viejo argumento de no conocer a los concursantes del show cuando no sólo es evidente que los conoce sino que, y esto es suposición mía, parece ser el tipo de persona que perdería el curo por tomar un Red Bull con-lo-que-se-tome con cualquiera de ellos. Huelga decir que sospecho también que el Pomares no ha visto en su puta vida un documental de Oiarzabal ni ninguno otro y de paso me arriesgo a decir también que Oiarzabal (al que conocí en la época en la que viví en Donostia) no compartiría ni lo de bravo ni lo de español con Pomares.
Vamos a olvidar a este ejemplar de lameculismo no profesional para centrarnos en los dos primeros casos de crítica.
No siempre estoy de acuerdo con los comentarios de Miqui Otero (ser íntegro es lo que tiene, que uno crea un espacio para el disentimiento), pero me parece un crítico de altísima calidad. Al contrario, acostumbro a compartir las reflexiones de Caruncho (decir obviedades vacías y sin un solo atisbo de compromiso es lo que tiene, que al ser obvio no hacía falta volverlo a decir), y sin embargo creo que debería orientar su carrera hacia otra especialidad.
Hay pues, para mí, dos clases de críticos: el que no siente ninguna pasión hacia el medio que critica, el que cumple el expediente pagando su tributo a la hipoteca, el que lame los culos relamidos y patea los culos repateados; y el que va más allá de lo evidente, el que disfruta de más banda ancha, el que se divierte, el que tiene más conexiones cerebrales y ni lame ni patea, sólo ilumina.
Da la casualidad, volviendo a Otero y a Caruncho, que el segundo es jefe del primero, lo que demuestra que al menos tiene buen criterio a pesar de ser un crítico mediocre.
Es mi crítica de la crítica que un ruso me inyectó un día en vena. Espero, de verdad, que éste sea mi único artículo que hable sobre un tema tan poco sexual. De todas formas no me hagáis mucho caso; esto que acabo de escribir no es más que una crítica.
Lillo
FICHA DEL ARTÍCULO
Música escuchada durante su redacción: «Lo mejor de los Ronaldos» (2001) y «Eye to the Telescope» de K.T. Tunstall (2006).
Último DVD antes de su redacción: «Los seis napoleones» (episodio de la serie «El regreso de Sherlock Holmes» producida por Granada TV y protagonizada por Jeremy Brett).
Contexto Literario: «Woody por Allen» (Plot Ediciones).
Bebida durante su redacción: Gin Tonic de Beefeater en vaso de sidra con tónica Schweppes, dos limones exprimidos y seis cubitos pequeños.
Último ágape: Comida en el «Ta Tung» cerca del Parque Güell.