La experiencia ha demostrado —y no hace falta que lo haga la ciencia, que siempre llega tarde y a menudo por caminos erróneos— que el ser humano puede sentir nostalgia de algo que todavía no ha sentido o de algo que sucedió en un pasado que no le tocó vivir. Durante el siglo XIX y hasta casi mediados del siglo XX era costumbre que los asalariados —yo pertenezco a esa clase de esclavizados temporales— recibieran por su trabajo dos litros de vino al día además de la asignación monetaria pactada (siempre escasa).
Supongo que los patronos, conscientes de la miseria moral que significa acudir cada día a un lugar al que uno no quiere acudir y en el que además uno se deja la salud y a veces la dignidad, ofrecían el ancestral licor para acompañar diariamente las desdichas y hacerlas más llevaderas. No es que sea el mejor sistema, pero yo, asalariado, añoro esos dos litros de vino diarios tanto como los canelones maternos una vez terminada la navidad. Creo que esos dos litros de vino mejorarían nuestra condición enormemente, pues también la experiencia —y aquí deseo que nunca llegue la ciencia porque podría estropear el canto de la poesía— nos ha dicho que la senda del vino, si bien no conduce inexorablemente al palacio de la sabiduría, sí hace el camino de la vida más placentero, y eso es importante.
Monsieur Lange