Seamos sinceros (V). Porque sí

Las noches caían una tras otra masticando sollozantes respuestas que el amanecer apresurado difuminaba hasta el olvido. Y en cada despertar, reubicada mentalmente la ingravidez de la pregunta, se incorporaba con lentitud atravesada por la misma sensación de pesadez apabullante; a sombra de si lución mudó de brillante piel, su insustancial, trivial o común despertar se repetía una y otra vez. La tragedia estaba servida y, sin motivo aparente, la respuesta parecía desear seguir ocultándose. De si lución mudó o no de brillante piel, en realidad, era lo que menos le preocupaba; una vana lid ad líbitum, un desasosiego en bajamar. Aunque… ¿Qué sabría ella de si lución atiende o no atiende a los constantes cambios de la mar?

Contrariamente e —filosóficamente hablando—, día tras día abría los ojos visualizando la contrariedad de la cuestión, aflorando de la encrucijada de sueños como única respuesta posible, ante el optimismo que se mostraba irrealizable en el momento de su formulación. Solo cabía una; ¡porque sí! Más o menos acertada, vestida o despojada de tan sublime expresión libre de fingimiento, la respuesta, concretamente banal en su totalidad, ¡porque sí!, envolvía el conjunto peculiar de si lución mudó o no de brillante piel. ¡Porque sí! era la llave maestra a toda formulación aséptica, contundente y débil a la vez; e intrínseca, e íntima, esencial. ¡Porque sí!, como único rasgo característico reiterativo en el conjunto de la obra. De si lución mudó de brillante piel, una vez descendida del palco; toda proposición universal negativa se convierte simplemente.

Ciclotímico


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