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Pido disculpas de antemano por presentar en esta primera colaboración un texto incompleto. Quizás no sepa escapar de ese vicio del fragmento que parece ser característica de nuestra época. En cualquier caso y para ayudar a la lectura, decir que lo que sigue forma parte de una serie de escrituras que llegan así, descosidas, y se entretejen en los márgenes de un proyecto que vengo realizando desde hace tiempo y que ya no sé si algún día daré por terminado. Quizás eso sea lo mejor, que los temas no permitan que los abandonemos en una presunta forma completa y estemos así obligados a volver a ellos una y otra vez.
¿Qué esperamos de aquellos que podrían dar testimonio? ¿Es lícita mi manera de acercarme, de apelar al dolor de la historia, cuando la historia es pura encarnación? ¿Puedo verlo en sus ojos, ceñirme a su silencio -mientras haya luz y silencio-, ver el dibujo del los acontecimientos a través de lo que a estos les falta? ¿Cuántas preguntas nos separan? ¿Cuántas harían todavía más honda la caída? En definitiva...
«Quién testifica por el testigo»
En fin, un abrazo y hasta pronto.
Una forma de visita
En el otro lado de la familia, la nonna, sólo queda ella, me dicen, no quiso abandonar su casa, y desde entonces...
Allí mora el silencio. La anciana nonagenaria es una de las formas vivas de aquel siglo. Hablar de su rostro, de sus ojos, de la infranqueable distancia
Una hospitalidad que no es la que se aprende en los modales sino en la certeza de que ya no puede dañarle lo inevitable. A una visita no le faltará lumbre pero tampoco la celada de las palabras. Hay una cifra marcada que traza multiplicadas formas de no encontrarla justo ahí delante, donde parece estar. Quizás esa sea la única frase que en su omisión brinda: una cadena de números
También la atravesaron idiomas, como estaciones y todo tipo de calamidades, ¿cómo no va a querer vivir sola? Quien ha sobrevivido a tanto no puede tenerle miedo al simple paso de los años; en ella están guardados como folios deshechos... En la sombra se amalgaman las láminas de ese desván donde el viejo tórculo apenas conserva huellas de imágenes gastadas... Y sin embargo, algunas noches, todavía insisten en aparecer, desconchadas, marcadas de luz pretérita, sobre las paredes del dormitorio, los viejos rostros
Frente a ella olvido qué hago aquí, qué es lo que venía a buscar y si eso tiene alguna importancia
Distinguir entre el ladino y el viejo acento italiano es inútil, ella entiende lo que masculla entre las veladuras del último idioma prestado. Ese murmullo define un mundo que un filólogo avezado pretendería como una esperanza de Europa —la verdadera estirpe del habla— siendo como es el agua lenta que se filtra a través de su ruina
Ahora se aleja. En la penumbra de su último techo la anciana busca la sombra que supo aprender cuando ese era su mayor abrigo. Así, inasediable, desaparecerá pronto, uno de estos días indistintos faltará un soplo, y como la esfinge, no habrá permitido que fuéramos nosotros los que hicieran las preguntas.
A Yaniv, por su ayuda desinteresada.
Juan