En el tren

Tenía veintiún años, bajé del tren mirando a ambos lados del andén, mis maletas venían detrás, a mi lado. Uno siempre termina por no dejarse aquello que más pesa.

Luego vino lo de siempre, tus ojos achinados por tu deficiencia visual, mi mano moverse de forma casi ridícula y tú corriendo hacia mí, y yo esperando quieto con la excusa del desorbitado peso de mis maletas. Luego el abrazo, abarcándome por la espalda a la altura de mis riñones. Hasta me dolía.

Al llegar al hotel follábamos todo el rato. Pero entre uno y otro nos decíamos que nos queríamos, tantas horas de viaje quizá no son justificables por tan sólo el sexo. Me equivocaba, pero las palabras dichas no se pueden borrar. Luego otra vez lo mismo.

Al llegar el domingo otra vez en el andén. Ahora ya nadie reía, hasta una vez tuve que pensar en mis muertos más recientes para que te quedaras tranquila y pudieras besar una lágrima mía que no se parecía en nada a ti.

—¿Volverás?
—Siempre lo hago.
—¿Quieres hacerlo?
—¿Aquí mismo? ¿Delante de todos? Eso sería exhibicionismo.
—Me refería a volver.
—Yo también

Alfonso Navarro


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