Cada vez que mi autoindulgencia me invita a creerme una buena persona no tengo más que pensar en el supremo TERROR que me produce la idea de que alguien pudiera saberlo TODO sobre mi, todo lo que yo sé y callo. Esto, unido a las razones por las que me aterra tal idea, y a las razones por las que callo lo que callo, anula mi creencia inicial sepultando mi autoindulgencia, hasta más ver.
Frecuentemente, en mi descargo, tiendo a pensar que ninguna vida está exenta de maldades, fechorías, secretos inconfesables, ruindades..., pero yo sé, y ahora también ustedes, que las mías son siempre más peores.
Comprenderán, y sé que disculparán, que deje los ejemplos para mi psicoanalista.
Benjamin Malévolo Nazka
