Estoy escribiendo estos días. Ando metido en esos juegos de estructuras y personajes. Pinchándome con la trama y deslizándome sobre las olas de los diálogos. Busco una historia que sin nacer de mi vientre, será mía. Estoy escribiendo un guión que, premisa obliga, debe transcurrir en un único lugar. Luego vendrán las trampas y las localizaciones alternativas y los exteriores mínimos indispensables. Pero de momento tengo un Do, un Sol y un Re. Los Beatles harían con eso una obra maestra, pero estamos hablando de mí.
La primera fase a la hora de encajar un largo proceso de escritura es evitarla, la escritura. Ya he cambiado la disposición de los muebles de mi estudio tres veces. Lo que el Feng Shui lleva milenios construyendo puede venirse abajo en una sola tarde de un guionista desesperado. En esa fase de evitación están los paseos sin rumbo por la ciudad, que para no desaprovechar del todo el tiempo, implican recados a amigos y parientes. Más tarde uno gasta estúpidas cantidades de dinero en discos, libros y objetos de la más variopinta calaña que cree que pueden ayudarle en su proceso de «acercamiento al tema». Es, para que nos entendamos, como si el torero estudiase electrónica para vestir el «traje de luces» con el que ha de enfrentarse al toro. Cuando uno ha gastado ya la suela de los zapatos y buena parte de los ahorros no queda más remedio que enfrentarse a la hoja en blanco. Pero, puesto que la hoja en blanco es transportable, uno decide que las musas le van a encontrar antes en los bares con una caña de cerveza o un gintonic o un güisqui on the rocks. Y así puede perder el guionista una semana, un mes o una vida entera a parte de la otra mitad de sus ahorros. Cuando el guionista empieza a fumar colillas y a beber Anís del Mono es momento de volver a casa y enfrentarse, en ese estudio desordenado e incómodo en el que nada está en el lugar en el que se suponía que debería encontrarse, a la bendita y angustiante escritura. Entonces, atrapado de nuevo en su despacho uno llega a la conclusión de que antes de ponerse a escribir debe documentarse leyendo, si fuese necesario la guía telefónica, y viendo algunas películas de otros autores relacionadas con la suya pretérita. Yo pasé por esa fase durante los primeros días del mes de julio de este año. Primero me vi los últimos estrenos de blockbuster, tuviesen o no que ver con mi proyecto de historia. Luego, centrándome un poco más, proyecté algunas películas que se acercaban al tema de mi tema: «Smoke», «Coffe and Cigarettes», «High Fidelity», «La estanquera de Vallecas», «Amanece que no es poco» o «El abrazo partido» (deliciosa siempre, siempre, siempre) y –maldita la hora- «El apartamento». Sí, me puse «El apartamento» y eso me llevó a «Con faldas y a lo loco» e irremisiblemente a «Irma la dulce» y a todo Wilder y eso a Lubitsch y eso a Chaplin y eso a la cama, con fiebre y miedo y vértigo. Caí en la trampa de «El apartamento» ¿cómo se le ocurre a alguien que tiene que escribir un guión (y que además, osado, pretende dirigirlo) ver esa película?
Salgo de la cama, después de varios días de parálisis creativa y retomo la tarea, ahora ya en serio, pensando que la comedia tiene menos sentido desde la desaparición de ese actor con nombre de amarga bebida alcohólica. En el otro platillo de la balanza cuento con una excusa más para justificar mi posible fracaso: “No podré escribir una comedia hasta que no encuentre a mi Jack Lemmon”, pienso. De lo que no quiero darme cuenta es de que no voy a encontrar a ningún Jack Lemmon. Nadie lo va a encontrar. Busquemos a Lemmon y encontremos otras cosas por el camino, digo yo. Y mientras lo digo me doy cuenta de que esta reflexión tampoco es que me importe mucho. Empiezo a sospechar que se trata sólo de una excusa para no seguir escribiendo.
Lillo