
El gordo Chesterton
Es importante ser gordo. Y digo ser, no estar. Me refiero a la perenne voluptuosidad de cuerpo y espíritu que implica, inevitablemente, una cosmovisión particular.
Ver a un señor gordo, de pesados y lentos movimientos, con su andar gallináceo, es un espectáculo digno de observar. A veces me quedo mirando a un gordo y me digo: he ahí a un ser superior. Un ser que, consciente de su pesada carga, se toma las cosas como si no le afectaran; mira el tiempo de otro modo y parece reírse de nuestras prisas y de nuestros ridículos intentos por estar ágiles, sanos y en conexión con este absurdo mundo que nos envuelve. El gordo sabe que no encaja en este mundo y por eso es capaz de observarlo desde una distancia que sólo los kilos de más pueden proporcionar.
Creo sinceramente que la gordura es un atributo esencial para entender al gran G.K.Chesterton, ese señor que una vez se levantó en un autobús para ceder el asiento a tres señoras. Por encima de gustos literarios, creencias religiosas e ideologías, Chesterton contagia a partir de sus escritos y de su manera de entender el mundo una alegría vital desmesurada y, paralela y casi inevitablemente, un odio feroz a un mundo que se torna –ya lo advertía hace cien años- aburrido, calculador y aséptico. Advirtió a una edad temprana que la autoridad recalaba en el convencionalismo. Cuando descubrió el sistema educativo lo describió así: “ser instruido por alguien que yo no conocía, acerca de algo que no quería saber” (Autobiografía).
Las polémicas con su amigo Bernard Shaw (escritor delgado y vegetariano) fueron épicas. Ambos protagonizaron combates dialécticos en los que exponían todo tipo de temas (desde la economía hasta la moral pasando por la alimentación) ante una masa de gente entre la que se repartían partidarios de uno y otro contrincante. Chesterton admitía que no se fiaba de alguien que no comía carne y otra vez aseguró: “nadie entiende al sr. Bernard Shaw. De hecho el único ser humano que lo entiende soy yo, y os digo que se equivoca completamente”.
Chesterton cultivó numerosos ensayos, novelas, algunos poemas y, por encima de todo, cultivó el buen yantar, la paradoja y el sentido del humor. Su influencia es enorme, debido en gran parte a su gordura física y moral. Me despediré con una cita suya:
«El fin de tener una mente abierta, como el de una boca abierta, es llenarla con algo valioso».
¡¡Salud!!
Monsieur Lange