C de carajo

Cabe todavía averiguar si es la costa la que zarpa, la sospecha se basta para iniciar desaconsejables empresas como esta. Poniendo en cuarentena toda forma previa de saber hubo siempre intrépidos que se descalzaron de los hombros del gigante para subir a ese mástil. Mirador de lo mismo, ojos de la tripulación, domador de intestinos, cuando nos mandan al carajo lo que quieren es que nos vaciemos desde lo más alto. ¿Confundirán quizás los mandatarios nuestra entraña con este vómito que nos provocan? Ningún capitán, ya lo dijo Lizanote, sino el mar.

Para perdernos de vista o quizás como castigo, allá nos mandan, y siguen confundiendo la altura con la suma de los centímetros; no adivinan los necios que no es cuestión de alzado la estatura de un hombre.

Cuentan que cantaba: «el día del terremoto llegó el agua hasta arriba, pero nunca llegará donde llegan mis fatigas».

Y la cubierta, estremecida, adivinando que sólo él avistaría tierra, que su mirada indeleble sería la marca primera del horizonte.

De la cosa poco más puede decirse, salvo que, quizás, hasta lo indeleble pasa y aquellas miradas hoy son desdibujos de unas pocas líneas de historia para otros escritas.

Juan


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