
Otra vez caminaba hacia la parada del colectivo. Era la época en que no usaba anteojos, a pesar de que muchos indicios ya anunciaban que me hacían falta, y por ese motivo desarrollaba estrategias suplementarias de la visión reducida.
Esa parada solo anunciaba uno: el 101. El 101 iba desde Villa Lugano a Retiro, y a medio camino subía yo para volver a casa desde el trabajo.
El trabajo consistía en ayudar a unas niñitas coreanas con las tareas de la escuela, ya que sus padres no sabían castellano suficiente como para hacerlo ellos mismos, y sin embargo les importaba mucho, muchísimo que las nenas recibieran una educación completa.
Venía pensando en las muestras de cariño que las nenas empezaban a darme, cuando el colectivo apareció por la esquina. Corriendo para alcanzarlo, llegué a tiempo de subir y pedir uno de 75 porque no estábamos lejos.
El colectivo continuó su recorrido usual por un tiempo y de repente, sin prestar atención, estábamos fuera del espacio conocido. El boleto venía fallado, con lo que no indicaba el número de línea que ocupaba, sino simplemente 000. Subía y bajaba la gente como si todo fuera normal, pero no lo era. Era otro colectivo. Era otro recorrido.
Confiando como siempre en que las cosas ya se pondrían en orden, tardé como quince minutos en decidirme a bajar. Quince minutos a bordo de un colectivo dan para recorrer muchos metros, kilómetros incluso. El problema era que no tenía ni la más mínima idea de dónde estaba. Al ver una parada de subte, me arrojé del colectivo apenas pude.
Una vez abajo, y con la suficiente confianza en el recto trazado de las líneas de subte, que no pueden cambiar de un día para otro, saqué el monedero para comprar un cospel. Había 55 centavos. El empleado de turno fue comprensivo o indiferente, y me dejó pasar.
Otra vez caminaba hacia la parada de colectivo. Poniéndome los anteojos para evitar segundas partes que nunca fueron buenas, miré el poste con su cartel desgastado. Sólo decía: 101.
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