De un tiempo a esta parte la obsesión por clasificar ha cogido un gran protagonismo, desde los personajes más importantes hasta los hechos más nimios. Todo es objeto de clasificación en un ránking: la mejor canción de la década, del año, del verano; el mejor escritor, el peor poeta, los diez mejores goles, las diez mejores películas, el vómito más grande... la lista sería tan larga como absurda.
El otro día escuché que decían: «Mata-Hari, la mejor espía del mundo». Me quedé pensando en la frase y se me ocurrió que la mejor espía del mundo por fuerza debería ser desconocida; los motivos son obvios. Aunque no conozco con certeza las habilidades de esta bailarina holandesa que fue encarcelada en Francia por haber hecho espionaje a favor de Alemania, parece ser que sus artimañas sensuales para hacerse con información de alto riesgo eran de aúpa. Realmente debería ser alguien muy especial al ver como afrontó el momento justo antes de morir ante el pelotón de ejecución. En su última voluntad hizo que un oficial le trajera un espejo; se empolvó bien la nariz y dijo en tono cortés y sensual: «Merci monsieur».
Monsieur Lange