El Filósofo Payador y el Vate Marxista

Glosario de motes utilizados:
FILÓSOFO PAYADOR: Juan José Saer
VATE MARXISTA: Ricardo Piglia
ASIRIOBABILÓNICO METAFÍSICO: Jorge Luis Borges
PATO CRIOLLO: César Aira
GNOMO PIMENTÓN: Germán García
REVÓLVER A LA ORDEN: Tomás Abraham
ORATE BLAGUER: Enrique Vila-Matas

Estos dos hombres de letras hispanohablantes hicieron todo lo posible por demostrarnos que el Asiriobabilónico Metafísico y Gombrowicz pertenecían a la misma familia, a pesar de las apariencias.
El Asiriobabiónico Metafísico se refiere a Gombrowicz en forma estrafalaria: que al polaco lo vio una sola vez, que le pareció un histrión, que vivía modestamente en una pieza sucia que compartía con otras personas, que se declaró conde porque siendo los condes de una naturaleza muy sucia no podían pedirle que limpiara la pieza, que a Mastronardi tuvieron que prohibirle mencionar su nombre porque se pasaba todo el día hablando de él, que no lo había leído, que cuando empezó a leer «Ferdydurke» a los diez minutos le vinieron ganas de leer otros libros, que lo conocía bastante bien, que eran amigos, que hablaban de la metáfora, la novela, la poesía, la rima, que Gombrowicz hablaba un español mediocre.

Gombrowicz no le va en zaga: que escribía libros aburridos, que se había vuelto demasiado borgiano, que era un Asiriobabilónico Metafísico, retórico y rebuscado, estéril, que de tanto practicar la literatura sobre la literatura se había vuelto irreal, impotente frente al destino y de una imaginación retorcida, que no lo había leído porque tenía muy mala opinión sobre su obra, que era sopita aguada para literatos.
Son declaraciones diabólicas y, en algunos casos, contradictorias. Cualquier persona normal se hubiera dedicado a investigar a ver qué pasa con estos dos hombres, por qué tienen estas diferencias, pero los escritores argentinos no son personas normales, no escriben para la gente sino para los escritores.

El Asiriobabilónico Metafísico y Gombrowicz entraron en las cabezas de estos dos gombrowiczidas ilustres con un solo propósito diabólico, ¿a ver qué hacen ustedes ahora? Estas pobres cabezas empezaron a dar vueltas alrededor de los dos demonios y se empezaron a calentar hasta convertir sus cavilaciones en la caldera del diablo. Y estos dos hombres de letras argentinos comenzaron a padecer un conjunto de síntomas que en los handbooks de la medicina moderna se conoce como el síndrome de Procusto.
Procusto era un ladrón griego que asaltaba a los viajantes en los caminos. Después de desplumarlos por completo los acostaba en un lecho de hierro, el lecho de Procusto; a los que eran más largos que el lecho los mutilaba, a los que eran más cortos los estiraba hasta descoyuntarlos, la cosa es que todas las víctimas huían del lecho con la misma medida.

Juan José Saer, es decir, el Filósofo Payador, debe su mote a unas declaraciones que hizo. «Me hubiera gustado escribir un tratado de filosofía en una lengua popular del Río de la Plata»
A mi juicio lo hizo, por lo menos en parte, cuando escribió «La perspectiva exterior», un ensayo que escribió sobre Gombrowicz. Es de lejos un texto de un nivel superior a todo lo que escribieron el Vate Marxista, el Pato Criollo, el Gnomo Pimentón, Revólver a la Orden y el Orate Blaguer, pero cae también en la trampa, en la trampa de demostrar que Gombrowicz es el mejor escritor argentino del siglo XX, según el descubrimiento increíble que ya había hecho el Vate Marxista, y también en la de que no era, sin embargo, tan distinto al Asiriobabilónico Metafísico.

Vamos a contarle las costillas a este pescador de conciencias, es una pena que una buena cabeza como la de él se haya encaprichado con la argentinización de Gombrowicz. Se refiere a la declaración del Vate Marxista y dice que no es tan descabellada como pudiera parecer por varias razones: por los temas de la inmadurez y de lo inacabado, porque buena parte de la literatura argentina ha sido escrita por extranjeros en idiomas extranjeros, y porque la mirada de Gombrowicz no era sólo la mirada de un artista sino también la de un político. Por las mismas razones que el Vate Marxista considera a «Transatlántico» una de sus obras maestras, a pesar de que Gombrowicz pensaba que «Ferdydurke», el «Diario» y «Pornografía» constituían una mejor introducción a su obra y a su vida.
«La evolución de su literatura es inseparable de su experiencia argentina, y esa experiencia penetra y modela la mayor parte de su obra, que sin ella se volvería incomprensible»

Esta exageración del Filósofo Payador es la conclusión que saca de la perspectiva con la que Gombrowicz examina el mundo, que le parece igual al modo que tiene la cultura argentina de relacionarse con Occidente. Y agrega que si bien la perspectiva exterior de Gombrowicz puede ser una consecuencia de su búsqueda de originalidad, es también el resultado del exilio argentino.
¿Por qué una cabeza bien equipada como la del Filósofo Payador no le hace caso a Gombrowicz, es decir, por qué no se atiene a las diferencias que él desea mantener con el Asiriobabilónico Metafísico y con la Argentina? Si uno quiere conocer el significado de una obra debe consultar al autor.
Estos dos hombres no sólo eran diferentes sino que, además, querían ser diferentes, pero por aquello de que sólo pueden ser diferentes las cosas que son parecidas, el Filósofo Payador sale a buscar las semejanzas que tienen estos dos escritores.

Gombrowicz afirma que el Asiriobabilónico Metafísico es europeizante y se ocupa de literatura, y que él, en cambio, no es europeizante y se ocupa de la vida. El Filósofo Payador intenta desmontar una parte de esta reflexión afirmando que Gombrowicz tenía la costumbre de preguntar si había personas inteligentes en el lugar cuando llegaba a las ciudades del interior argentino, de lo que concluye que era más partidario de la inteligencia que del vitalismo.
Los encuentra parecidos en: el esnobismo aristocratizante, uno, con los antepasados militares y los orígenes ingleses, otro, con las pretensiones nobiliarias y las manías genealógicas; en la atracción por lo bajo, uno, con el culto al coraje y a los matones de comité, otro, con la atracción por Retiro y la inmadurez. Para qué seguir, cuanto más parecidos de esta naturaleza encuentre más diferentes resultarán los dos demonios.

Al Vate Marxista lo conocí hace más de cuarenta años.
«Salimos de Anchorena, tomamos un taxi y fuimos a Galatea, la librería de Viamonte y Florida donde, en una soireé literaria, se presentaba Hernán, la novela del Asno (...) Alrededor de cuarenta personas acompañaban a Osio. Yo llegué un poco más tarde, Canal Feijóo y Marta Lynch ya se habían ido (...) De la soireé partió un contingente de poetas, críticos, comunistas y atorrantes. Fuimos a tomar unas copas a la 'Escalerita' de Tucumán y 25 de mayo. Llevaba el mismo chaleco y la misma corbata de nuestra peregrinación a La Plata y los asesinos estaban otra vez ahí. Hablé una hora seguida sin parar; me interrumpió Piglia, un vate marxista, pero sin ningún resultado»

Es el fragmento de una carta que le escribí a Gombrowicz cuando todavía estaba en Berlín.

Cuando le puse el punto final al relato que hice sobre «Transatlántico» me acordé de que el Vate Marxista, con uno de esos golpes secos en los que combina con proporciones armoniosas la paradoja, la logomaquia y la ciencia, había hecho una declaraciones llamativas.
«El mejor escritor argentino del siglo XX es Witold Gombrowicz»
Bastante tiempo atrás de esta declaración, en el año 1965, el agregado cultural de la embajada argentina en París le decía a su par polaco que Gombrowicz había comido del pan argentino durante un cuarto de siglo y ahora ladraba contra la Argentina. Y dos años antes, en el año 1963, Gombrowicz nos había dicho que después de veintitrés años era tan polaco y tan extranjero como el primer día de su llegada, que no había cedido, que no se había adaptado ni desnacionalizado.
Es decir, Gombrowicz era entonces un escritor argentino que ladraba contra la Argentina, que no se había adaptado a la Argentina y que seguía siendo polaco y extranjero.
No pude hacer pie firme en un terreno tan escabroso como éste así que decidí recurrir a otras declaraciones del Vate Marxista en las que el aspecto racional tuviera relevancia y un poco más de peso que las fantasías del lenguaje y las paradojas.

En un congreso de escritores que se realizó en Santa Fe hace exactamente veintiún años, afirmó que «Transatlántico» era una de las mejores novelas escritas en el país, una afirmación más restringida y específica que la anterior y que, a la primera mirada, no parece paradojal. Sin embargo, después de leer esa ponencia a la que llamó «Gombrowicz y la novela argentina» me quedó la extraña sensación de que los comentarios del Vate Marxista no tomaban contacto con Gombrowicz sino con las traducciones, los estilos, la lengua y unas logomaquias que remata diciendo que la novela argentina sería algo así como una novela polaca traducida a un español futuro.
Cuando yo leo cosas por el estilo, me mareo. No puedo saber nada de «Transatlántico» ni de Gombrowicz en medio de tantas paradojas, frases ingeniosas y sutilezas, es un género que yo detesto. Al Vate Marxista le gusta la escena de «Transatlántico» en la que el polaco polemiza con un escritor local, pero no entendió la lección. Él sigue dialogando con Sartorio y Madame Lespinnase en vez de dirigirse Gombrowicz.

«Transatlántico» es, efectivamente la obra polaca más argentina de Gombrowicz, ya tenía encima más de la mitad del tiempo que vivió en Argentina, y no pudo ni quiso sustraerse a su influencia.
Hay en esta novela un ambiente en el que aparecen en una misma escena, el estilo intelectual imperante por estos pagos en esa época, y un puto millonario. Es probable que el escritor vestido de negro fuera una mezcla de Mallea con Borges, y el puto millonario, una mezcla del mismo Gombrowicz con Manuel Mujica Láinez, de Manucho, por lo de millonario.
«Borges me refiere: Durante la comida, continuamente Manuel Mujica Láinez venía de su asiento a nuestra parte de la mesa. El propósito de estos viajes, que Mujica no ocultó, era tocar la nuca de un muchacho que lo emocionaba. 'Se parece a Belgrano', exclamó Mujica Láinez. ¿Usted, Manucho, admira a Belgrano?, preguntó Wally Zenner. ¿Cómo no voy a admirarlo? -replicó-: con esos muslos y con esas caderas». Borges comentó: «Va Manucho al Museo de Luján y todas las antiguallas reviven. Manucho no mira los cuadros fríamente; es un contemporáneo de lo que está mirando»

En el relato que hice para «Transatlántico» la escena del escritor vestido de negro y el puto millonario aparece más o menos de esta manera:
La primera consecuencia de la presentación de Gombrowicz en la embajada fue que lo invitaron a una recepción en la casa de un pintor a la que iban a asistir los escritores y artistas locales. Tenía una gran seguridad en su maestría y sabía que como maestro lograría superar y dominar a todos los demás. Cuando llegó sus compatriotas lo glorificaron, el consejero lo presentaba y ensalzaba como el gran maestro y genio polaco Gombrowicz, pero nadie le llevaba el apunte, entonces lo empezó a tratar de comemierda y le exigió que hiciera algo para no avergonzarlos.
Entró un hombre vestido de negro, una persona muy importante, un gran escritor, un maestro. Llevaba en los bolsillos una cantidad inconcebible de papeles que perdía a cada momento, y debajo del brazo algunos libros, se volvía a cada rato inteligentemente inteligente. Los compatriotas de Gombrowicz lo empezaron a azuzar para que mordiera al hombre de negro, que si no lo hacía lo iban a tratar de comemierda y a morder.
Entonces Gombrowicz le dijo a la persona más cercana en voz bastante alta:
«No me gusta la mantequilla demasiado mantecosa, ni los fideos demasiado fideosos, ni la sémola demasiado semolosa, ni los cereales demasiado cerealientos»

El hombre de negro le respondió que la idea era interesante pero no nueva, que ya Sartorio la había expresado en sus «Eglogas», y cuando Gombrowicz le manifestó que no le importaba un comino lo que decía Sartorio sino lo que decía él, el que hablaba, el gran escritor le contestó que esa idea tampoco era mala pero que existía un problema, ya había dicho algo parecido Madame de Lespinnase en sus «Cartas». Gombrowicz perdió el aliento, aquel canalla lo había dejado sin palabras, entonces empezó a caminar y a caminar, y cada vez caminaba con más furia, sus compatriotas estaban rojos de vergüenza y los demás de ira. Pero alguien comenzó a caminar con él, era un hombre alto, moreno, de rostro noble. Sin embargo, sus labios eran rojos, estaban pintados de rojo. Huyó como si lo persiguiera el diablo. El moreno lo siguió, era muy rico, vivía en un palacio, se levantaba al mediodía para tomar café y luego salía a la calle y caminaba en busca de muchachos; aunque vivía en una mansión simulaba ser su propio lacayo, tenía miedo que le pegaran o que lo asesinaran para sacarle la plata.

Juan Carlos Gómez, «Goma»


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