Observen bien la puerta de aquel supermercado, la que está precisamente a la derecha de la que dice no pasar y a la izquierda de la que pone salida. Las tres se encuentran cerradas, porque son las 10.08 AM y los supermercados no abren tan temprano, aunque nadie parece concordar conmigo en este importante punto, pues insisten en que los supermercados abren a las 10.00 AM, al menos en nuestra cultura latina, pero yo no les creo, porque como verán, si ustedes son capaces de ver sin prejuicios y con la mente abierta, la mayoría de quienes me rodean en esta ciudad parecen vivir en un estado de febril semiinconsciencia que no les permite ver "más acá" de lo evidente. Siempre están buscando explicaciones complejas para todo, nunca se conforman con la realidad que tienen ante sus propias narices y eso por pura vanidad, porque no quieren reconocer que son parte de un todo urbánico y que deben fundirse con la geografía de la city que han elegido como su hogar. Son erizos, pero creen que pueden desprenderse de la roca cuando les de la gana; por eso son tan infelices, porque viven en constante tensión con los elementos de su entorno, porque los odian y a la vez se odian a sí mismos al no poder prescindir de ellos. Yo en cambio he logrado, a través de un proceso de comprensión armónica, relacionarme con los elementos de manera tal, que ellos mismos facilitan sus mecanismos cuando es mi persona la que les aborda directa o indirectamente. Creo -y esto lo he comprobado con numerosas observaciones e indagaciones- que soy la primera y la única depositaria de este afán amistoso de las cosas por comunicarse con nosotros. Y algo me dice que mi labor, desde ahora en adelante, debe ser la de abandonar el campo de las investigaciones para entregarme a la difícil pero necesaria tarea de comunicar a los demás lo que hasta ahora estuvo reservado sólo para mí. En bien de todos, debe ser así. Por eso he decidido demostrarles a ustedes de la manera más práctica el resultado de más de cinco años de investigaciones; esto es, con imágenes. Observen bien, entonces, la puerta del medio. Aquella que permanece cerrada igual que las demás y cuya diferencia radica en que se puede ver sobre ella una flecha. Me acercaré a ella. Me estoy acercando a ella. Tomen atención en la lucecilla roja (u ojo) que se le ha encendido en su parte superior, justo en el medio, atiendan a que no hay ninguna persona que pueda manipular la puerta en ninguno de sus lados; esto último es muy importante para lo que verán a continuación. ¡Ya está! ¡Las puertas se han abierto! ¡Se han abierto para mí, para que yo pasara! No tuve que girar ningún tipo de picaporte, ni llamar para que se me abriese a través de un portero automático, porque las puertas han cedido por "voluntad propia", sin necesidad alguna de que terceras personas la forzasen ni de que complicados mecanismos de automatización la obligaran. Ella, por libre albedrío, decidió abrirse, porque sabe que la comunicación con un humano es la única posibilidad de salvarse (ellas las puertas, los elementos mecánicos, las cosas...) y salvarnos a nosotros, pero sobre este punto insistiré más adelante, cuando pasada la primera impresión que os ha causado el descubrimiento que desvelo ante vuestros ojos por el bien de todos, estéis más propensos a tomar por verdad absoluta lo que, si sois buenos científicos aficionados, ahora observáis con incredulidad. Estoy dispuesta a pasar por alto vuestros reproches y burlas, pues lo que tengo que deciros es más importante para mí que mi propia persona. Continuemos nuestras demostraciones. Nos dirigimos ahora a la zona de las escaleras metálicas, curiosa zona si hay que decirlo, pues no es más que la transformación de una tranquila planitud en un exasperante relieve de metal, cuyos bordes afilados y la distancia desmesurada entre peldaño y peldaño son producto de la degenerada influencia de la moda; en pos de un diseño industrial "moderno", "in", se han creado escaleras imposibles, muy poco aptas para el uso humano. Ya hace algún tiempo que reparé -y así hice constar en mis anotaciones- en que tales escaleras habían sido diseñadas de manera tal, que a través de un poderoso movimiento de tuercas y rodillos, podían cambiar de posición, intercambiando la superficie visible por otra que se mantiene siempre oculta en un especie de rellano o sótano, precisamente bajo ella. Una vez vi a más de una docena de hombres maniobrando el mecanismo de una de estas escaleras para "girar" su posición, es decir, cambiar lo que está arriba por lo que está abajo. Cuando me acerqué a preguntarles que cada cuánto tiempo y con qué fin cambiaban la posición de la escalera se mostraron o fingieron mostrarse confusos. Al insistir en mi pregunta sufrieron una especie de ataque de nerviosismo que desencadenó en una descarada risa de más de un minuto. En ese momento, medio iluminada por una sospecha les pregunté si realmente tenían conciencia de que estaban cambiando la escalera de posición, lo que no hizo más que aumentar su ataque de risa. Recuerdo que entonces entendí que ellos realmente no sabían por qué ni para qué estaban realizando tal trabajo, lo que les producía una especie de colapso cerebral, una toma de conciencia demasiado acelerada y sorpresiva (debido a mis preguntas), que les llevó a una realidad muy extraña para ellos, y por eso el ataque nervioso. Pero lo importante de todo esto es lo que verán ustedes a continuación. Esperen a que yo me acerque a la escalera. Observen que en éste momento la escalera se encuentra absolutamente estática. Y ahora... ¡véanlo ustedes mismos! La escalera, al igual que anteriormente la puerta, ha reaccionado ante mi cercanía y ha comenzado a girar sobre si misma aprovechando el inútil artilugio que guarda en sus tripas. Como producto de esta reacción-respuesta, puedo si quiero quedarme quieta en cualquiera de los peldaños de ella y ser llevada al piso superior sin hacer el menor esfuerzo. Ahora que la bondadosa escalera ya me ha depositado en la segunda planta vean ustedes cómo se detiene y como no resuelve hacer el proceso a la inversa por más que me acerque e incluso coloque un pie sobre el inicio de sus peldaños (que debido a motivos que no incumben a esta investigación, siempre resulta ser un engranaje plano, por así decirlo, un intervalo introductorio entre el suelo plano y llano y la escalera metálica), se niega a servirme. Dos explicaciones hay a mi alcance para responder a este hecho. La primera y menos probable, es que esta escalera no quiere ejercer la acción "al revés" porque considera que pone en juego mi seguridad, debido a su aguda inclinación. Menos probable es esta hipótesis porque he interactuado con escaleras de estas mismas características que sí me han querido llevar de la segunda a la primera planta. La segunda explicación, y para mí la que más sentido conlleva por motivos que observarán ustedes mismos en algunos momentos, es que esta escalera "quiere" que yo no baje, es más, pareciera decirme con su lenguaje mudo: "sigue subiendo, no bajes, hay más por revelarte", pues precisamente las que sí han reaccionado a la inversa, es decir bajada de la segunda a la primera planta, no tenían nada más que mostrarme, a no ser que hubiesen querido que indagase en los tejados. En cambio esta escalera tiene motivos suficientes para no animarme a retroceder, porque un poco más arriba -pueden ustedes constatar cómo vamos subiendo por una colega de la anterior hacia la tercera planta-, se guardan secretos no menos interesantes y definitivos para demostrar nuestra hipótesis, que los hasta aquí descritos. Y aquel pasillo que tenemos justo al frente, un poco hacia la izquierda, contiene no pocos de ellos. Noten ustedes que no es el único pasillo... ¡Pero si aquí está mi pequeña aduana!
Estos dos bracitos de hierro que impiden nuestra entrada, colocados cada uno en un poste diferente y casi juntos por el medio en sus extremidades, guardan la severa función de no dejarnos pasar, obstaculizando nuestro cuerpo a la altura de la zona genital. Pero vean cómo reacciona cuando me acerco yo; impulsa sus bracitos hacia delante y a la vez uno a la derecha y otro a la izquierda, imitando casi un saludo renacentista, teatral, y me deja libre el paso ¡Encantador! Y esta limpia, antiséptica consecución de pasillos no es más que un ghetto camuflado; habitan aquí las más curiosas cosas encerradas en si mismas o no, de las más diversas formas, colores y tamaños, cual si fueran los animalitos estáticos de un tipo diferente de zoológico, animalitos encerrados cuya libertad puede ser comprada a un precio que implica su silencio. Sé que no podéis entender así a buenas y a primeras, pero debéis tener paciencia, porque lo que quiero revelaros a continuación es sin duda el punto más álgido, más complejo y triste a la vez, de toda esta demostración que os estoy dando en vuestro propio beneficio, que al mío ya he renunciado otrora. Y es lo siguiente: las pequeñas cosas aquí encerradas podrían comunicarse con nosotros si no fuesen víctimas de una prohibición magnética. Por motivos que aún no puedo entender del todo, estas cosas, en el proceso de compra de su libertad, sufren una especie de lobotomía que les deja totalmente imposibilitadas de comunicarse con nosotros ¡Y cuánto tienen que decirnos! Para demostrarles este ítem de mi tesis, debo hacerles notar que ésta es una de las pocas veces en que un ser humano interactúa en el proceso de "desinformación" entre las cosas y la sociedad. Casi siempre son señoritas (enfermeras) amables y limpias las que se encargan de practicarle la lobotomía a las cosas. Me dirijo ahora a uno de los puntos de compra de liberación. Para eso he cogido una cosa cualquiera, en este caso una tarrina roja con adorables dibujitos de tomates partidos y leyendas al dorso. No sé lo que contiene ni cuál es el uso que supuestamente le quieren dar los humanos, para mi sólo son prisioneros con valiosa información. Me dirijo a una de las señoritas. Observen con mucha atención lo que ella va a hacer con la tarrina; espera a que la pobre avance por una especie de camilla movediza colocada sobre una tarima y con una frialdad escalofriante la coge, pasa uno de sus lados (siempre la cabeza, la que suele variar según la cosa) por un especie de censor rojo; la prisionera lanza un sutil gemidillo y es colocada dentro de una bolsa. Finalmente la carcelera me comunica el importe de la liberación de mi objeto. Ahora bien, dejaré el objeto en una esquina cualquiera sin darle mucha importancia, pues es como si estuviera muerto, regresaré a los pasillos-cárceles y cogeré otro producto. Tengan un poco de paciencia, pues el producto que quiero liberar ya lo tengo elegido desde hace mucho tiempo; ¡helo aquí! Un pequeño cilindro de plástico con un título muy sugerente; "multiuso". Si es un "multiuso" sin duda que debe de tener una cantidad formidable de información por revelarnos. Lo cojo e intento calmarlo, le digo que por favor no tenga miedo, que lo voy a liberar, que intentaré burlar a las enfermeras gendarmes de esta cárcel para evitar así que le practiquen la lobotomía, que lo desinformen. Le insuflo valor diciéndole que ha sido elegido para contribuir al entendimiento entre cosas y humanos, lo que conllevará inevitablemente la liberación definitiva de sus hermanos y hermanas en un futuro no muy lejano. Le explico que en él se esconde una cantidad importante de claves que nos serán útiles para elaborar un lenguaje común entre humanos y cosas, cuestión que resulta ser el objetivo final de nuestros esfuerzos e investigaciones. Me dirijo a una de las salidas, esta vez a otra señorita para no levantar sospechas, le regalo la mejor de mis sonrisas y levanto las manos como diciendo "no he comprado nada" y paso frente a ella ¡Pero ha gritado! ¡El objeto ha gritado! No tengas miedo, cilindro y por el amor de Dios ¡deja de chillar! La señorita me llama a gritos, no voltearé de ningún modo e intentaré, a paso veloz, perderme entre los pasillos de este edificio...pero veo a un gendarme encaminarse hacia mí...
No debéis preocuparos por mí. Ya me han soltado. Si alguna vez decidís seguir mi camino, el cual ya veis cómo está cargado de peligro e incomprensión, debéis tener en cuenta al menos dos factores si os detienen. Primero: nunca reveléis a un guarda los verdaderos motivos de vuestra empresa, pues si lo hacéis ponéis en peligro vuestra vida. No hay que olvidar que tales guardas están ahí evidentemente para evitar que las cosas salgan del recinto sin lobotomizar, de lo que se deduce que están mucho más organizados y preparados ante la posibilidad de tales actos. Segundo: haceos los pobres. Debéis más bien causar pena al guarda abogando a sus sentimientos piadosos, conmoviéndolo con vuestra aparente pobreza y con vuestra imposibilidad de adquirir un producto cualquiera. Esto, si el objeto liberado no es demasiado grande, casi siempre funciona. Te amonestan, te inscriben en una ficha y te echan a la calle. Pero lo peor de todo es que se quedan con el producto y lo vuelven a encarcelar, lo que siempre te deja en el cuerpo una dolorosa sensación de batalla perdida: de todo esto se deduce que evidentemente existe un poder mayor del que imaginamos, pendiente de que no podamos jamás comunicarnos libremente con las cosas ni acercarnos a ellas. Pretenden que convivamos con ellas en una especie de rígida armonía, en la cual la frialdad y la falta de amor y de contacto son las claves. Si desean este tipo de orden es porque en general creen que todo tipo de libertad, de libre acción y comunicación, de independencia de las cosas, de libre relación entre cosas y humanos, es dañina para sus egoístas intereses. Ya sea el dinero, el simple afán de poder y control o ambos factores, el resultado final de tal represión y desinformación es que tenemos que resignarnos a habitar ciudades en donde los humanos y las cosas cohabitamos en la más absoluta indiferencia los unos con los otros, lejos del calor y la armonía que podríamos propinarnos, lejos de una sana convivencia. De todos modos me pasaré el resto de la mañana haciendo un servicio, por así llamarlo, social, a las personas que se dirijan a este centro. Me colocaré exactamente aquí, pegada a la puerta principal de este edificio, puerta que ya es como una buena amiga, para que, con la confianza que siente debido a mi cercanía, se mantenga abierta y facilite así la entrada a otras personas. Si en algún momento veo en un visitante un rasgo significativo de curiosidad o bondad, si detecto que observa con cierto cariño a la puerta que se ha abierto para él, le abordaré y tanteando terreno con ciertas técnicas que he desarrollado durante años, le llevaré poco a poco a mi campo e intentaré persuadirlo de la gran verdad. Es un trabajo largo, pero hermoso y necesario.
Beto Stocker