Obras Completas del conde de Altató

Breve comentario a las Obras Completas del conde de Altató

Es un honor sin parangón que la recién nacida y ya mítica revista Tabernil, me haya invitado para comentar brevemente las Obras Completas del conde de Altató. Es un honor y una alucinante sorpresa, pues tras largos años de amistad entre el conde y un humilde servidor, el conde nunca en la vida me hizo el menor comentario acerca de haber escrito una sola línea; y resulta que escribió catorce. Catorce líneas convertidas en genial soneto; he ahí las Obras Completas del conde de Altató.

Pero antes de hablar del soneto del conde hagamos un poco de historia acerca de esta joya poética que se ve que está trastornando el panorama mundial de las letras según mi amigo Vira-Sol. Desde aquí le mando un saludo a su ridículo nombre, no se me enfade ya sabe como soy y como me llamo.

El último viernes del pasado Febrero llamaron por teléfono a mi casa. Era un joven que empezó a hablar atropelladamente sobre las excelencias de un soneto. Cuando dejó de hablar decidí colgar pero antes aún oí una última palabra que resultó mágica: Altató. Seguí mudo unos instantes más. -¿Como ha dicho?-. -El soneto lo escribió el conde de Altató y he averiguado que usted es su amigo-. Le invité a comer a mi casa el lunes siguiente.

A la cita se presentó un joven correcto llamado Vira-Sol que, a modo de presentación, empezó a hurgar en mi nariz con su dedo índice. Ese acto, lejos de irritarme, fue la señal que me convenció de que ese joven había conocido al conde de Altató y de que no era un vulgar papanatas. Antes de la comida pasamos al salón y entre vermú banderillas y cigarrillos empezó a hablarme del conde.

"Cada mañana, después del café que tomo en el bar que hay delante del Palau de la Música salgo a pasear la ciudad. Me gusta pasear en laborable y ver el trajín de las acciones serias. Paseo entre semáforos y panots que siempre están serios. Alguien dijo alguna vez que había belleza en los semáforos pero yo me pregunto, ¿por qué siempre están tan serios los semáforos? Igual es porque lo tienen todo muy claro, no lo sé. Una vez vi un semáforo de peatones en la calle Trafalgar que estaba tan alegre que por eso tenia encendidos a los dos hombres de su vida. Ya le enviaré la foto. Lo que le decía, me gusta pasear y perderme. Pero no es fácil perderse en la ciudad conocida. La última vez que me perdí fue el pasado miércoles uno de Febrero, concretamente en el barrio del Guinardó. Por unos momentos no supe dónde estaba y a un hombre que pasaba por allí le pregunté. -¿Es usted del barrio?-. Riendo a carcajadas el receptor contestó. -Yo no soy ni del barrio ni del valle ni de la colina, ni tampoco roble ni encina sino que soy el cotizado conde de Altató, y ahora mismo su lugar en el mundo no es otro que el pasadizo de l´Encarnació. Por cierto joven, hace días que andaba buscándole, tengo una misión para usted-. Salimos del pasadizo y nos dirigimos a tomar un vermú. Encontramos una terraza cerca de la estación de metro de Alfons X. Pasamos unos minutos en silencio observándonos disimuladamente. Su enigmática figura desprendía una especie de halo fantástico; su presencia y sus movimientos seducían; era pura magnetita y percibías que jugaba sólo en singular. Aparte y no sé por qué, me resultaba tan familiar que, de haberse dado la ocasión, hasta habría jurado que en otra vida fuimos hermanos. Luego el conde habló. -Sé que siendo usted de naturaleza revelada y por tanto adicto al presentimiento menor, y dado que casualmente estamos cerca de la estación de metro de Alfons X, le plantearé la siguiente cuestión. ¿Conoce usted la figura de Alfonso X? Sí sí, ese rey de Castilla del siglo XIII que de tan sabio que era le apodaron «El Sabio»… pues bien, mi cuestión es: siendo ese rey tan sabio como era, ¿existe alguna posibilidad de que Alfonso X «El Sabio» intuyera de alguna manera que ocho siglos más tarde su nombre sería utilizado para identificar una estación de metro?-. -Creo que existe la posibilidad-. -¡Voilà!-. Y pidió otro vermú.

Luego el conde pasó a hablarme del único soneto que había escrito en su vida cuando tenía trece años. Me lo recitó y me dio el original. -Quiero que lo difunda-. Acepté sin vacilar pero cuando le pedí que escribiera un breve comentario de su soneto se negó rotundamente. Durante mi insistencia pasó por allí un hombre que saludó al conde con un efusivo abrazo. -Joven, le presento a Enrique Vila-Matas, un amigo del barrio-. Encajamos las manos mientras yo me preguntaba para mis adentros si era verdad que al corsé lo martirizaban las costillas. -Querido Enrique- dijo el conde, -hoy mismo salgo disparado contra el muro de la posteridad, ya sabes que lo mío es la shandez. Por cierto, ¿podrías dedicarme este libro tuyo?-. Vila-Matas dedicó el libro al conde de Altató y luego pidió disculpas por no poder quedarse, pues según nos contó debía dar una conferencia sobre unos seres que se dedican a espiar a ciertos inquilinos negros que habitan en lo más profundo de cada uno.

Seguimos tomando vermú mientras el conde me contaba anécdotas de sus viajes por el metro de Barcelona y me obsequiaba con su insigne lema: «siempre demente, no le jodan». En un momento de pausa me incorporé y fui a los servicios que estaban dentro del bar. Cuando volví a la terraza me sorprendió no ver al conde en nuestra mesa. Aguardé unos minutos su llegada hasta que finalmente pregunté por él al camarero. Me dijo que todos los vermús estaban pagados. En la mesa descansaban su tabaco, su libro dedicado y su soneto. Desde ese día no he vuelto a saber de él."

Después del aperitivo el joven Vira-Sol y un humilde servidor pasamos al comedor. A la comida asistió también Silvia Perlan Norit de Woolite; la mujer más suave del mundo y antigua amante del conde de Altató. Desde aquí te mando un suave abrazo.

La comida fue un repaso estelar de las excentricidades del conde de Altató. Vira-Sol se quedó boquiabierto cuando le conté que el conde era un experto escalador de columnas de bar, así como un espectacular bailarín de las noches más desenfrenadas del Onyx; discoteca de la Costa Daurada en la que el conde, tras un imposible e irrepetible paso de baile, fue proclamado rey. También conté cuando caminando una vez por la calle, al conde le cayó en la cabeza un cable eléctrico de alta tensión y estuvo contratado por tres meses en el hospital de Sant Pau suministrando electroshocks solo a los pacientes que le caían bien. Un humilde servidor fue el único trabajo que le conoció. Salió a la luz, la vez que el conde, en estado de gracia etílica y apelando a cierta tradición catalana, defecó en medio de un bar cuyo nombre omitiré, para reclamar a los presentes el ahorro de agua. Silvia nos contó piruetas de fogoso amante así como la extraña manía que tenía a veces el conde de hacer el amor con dos preservativos en el pene; tampoco faltó el día en que el conde se subió a la tarima de la pasarela Gaudí y en pleno desfile acaparó y amasó el trasero de la supermodelo Elle McPherson. Cuando fue detenido alegó que sólo buscaba un autógrafo. Y todos nos reímos la mañana de un domingo de primavera en que el conde y su amigo Don Ernesto Sauce Caballero De Las Olivas, por quien responde un humilde servidor, asaltaron la vieja iglesia del pueblo de Calafell y, con pie en altar y gesto obsceno, exigieron eutanasia para la iglesia.

Tras la comida pasamos de nuevo al salón. Silvia se despidió y nosotros seguimos conversando animadamente. Fue entonces cuando el joven Vira-Sol me enseñó con sumo cuidado el soneto original y me pidió que le escribiera un breve comentario para ser publicado en la recién nacida y ya mítica revista Tabernil. La petición me pilló por sorpresa, pues un humilde servidor nunca ha escrito comentarios a nada y la poesía no forma parte de sus lecturas predilectas, pero tratándose del conde de Altató no podía negarme.

Y ya que se ha dado la ocasión, quizá sea el momento de añadirle un comentario al soneto del conde. La verdad es que en mi humilde opinión, este soneto no creo que necesite comentario alguno, pues se ve a simple vista que, siendo genio sin propósito, flota por su propio peso; por su propio peso, como todo Espíritu Santo.

Calafell, junio de 2006
E. S. C. D. L. O.



SONETO

Caminando iba un viejo por la calle
y dando el cuarto paso hacia delante tropezó
y riendo con disimulo preguntó
¿es usted mi amigo Valle?

Riendo a carcajadas el receptor contestó
yo no soy ni Valle ni colina
ni tampoco roble ni encina
sino que soy el cotizado conde de Altató

El viejo decepcionado caminando marchó
con un paso ligero
y cuando a casa llegó, a su mujer le contó.

Yendo hacia el mercado me he encontrado al conde de Altató
y al seguir contando dichas bobadas
su mujer, un tortazo le atizó.


Soneto del conde de Altató recitado por Ramon Vira-Sol


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Soneto Original del conde de Altató [2]

Manuscrito del soneto del conde de Altató


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Dedicatoria de Vila-Matas [3]

Dedicatoria de Enrique Vila-Matas para el conde de Altató


Dirección del artículo original:
http://www.tabernil.com/2006/06/conde_de_altato