Diario de F. (IV) - La montaña mágica

Miércoles

ALGO

Ayer hablaban en televisión -fenómeno realmente extraño- de Thomas Mann y, más concretamente, de su gran novela La montaña mágica. Entonces recordé que esa novela -que se quedó en casa de mis padres al independizarme económicamente- no terminé de leerla; una de tantas novelas designadas como obras maestras que se quedaron a medio leer y que probablemente no termine jamás. Gombrowicz decía en su diario algo así como que quien no termina de leer una novela no es porque no le esté gustando. Esto puede suceder algunas veces pero no es condición sine qua non. Al lector, afectado por un sinfín de estímulos exteriores, puede haberle sucedido "algo"; algo que lo aparta de ese camino que comenzó y que ha decidido aparcar por quién sabe qué cosas. Ese "algo" es lo que recuerdo que decía Gombrowicz. No puedo explicitarlo más porque cada vez me gusta menos subrayar lo leído. Antes subrayaba para determinar lo esencial -lo que a mí me parecía esencial. Luego, al releer, encontraba con gran placer el párrafo, la línea, la cita subrayada para volver a digerir esa idea anteriormente considerada esencial.
A veces, al releer lo marcado uno vuelve a absorber la idea -que en la mayoría de los casos se había escapado- y deduce, con un placer que aumenta la propia vanidad, la visión de la cita que tuvo y que ahora vuelve a tener y a vivir.
Sucede también lo contrario; uno relee una frase subrayada y no entiende absolutamente nada. No entiende qué se deriva de ella; no entiende por qué fue seleccionada entre otras muchas. Entonces lee unas líneas más arriba o más abajo, cambia de página, sigue buscando y, donde la página no adopta marcas de ningún tipo, cree descubrir algo. ¿Cómo pudo ese párrafo pasar desapercibido? Y es que el hecho de leer está condicionado por una multitud de factores entre los que la novela, ensayo o poema, tan sólo son uno más de esos factores. Por tanto el hecho de subrayar puede traducirse a la inversa; no se hace una selección de lo esencial sino que se desplaza la mayor parte de la lectura que, si no está subrayada, difícilmente volverá a leerse.
En el hecho de subrayar, de resumir, de esquematizar existe la vana ilusión de formularse una interpretación de unos hechos o unas ideas para comprender una parte del mundo. Existe el hecho de interpretar lo que vemos, sentimos o leemos para creer que lo entendemos. Pero todo es tan fútil como el hecho de volver a la parte marcada y no entender absolutamente nada.
Pero me he ido del tema -como es necesario para disertar sobre cualquier cosa- ya que quería hablar de ese libro "olvidado" en casa de mis padres. La montaña mágica explica la historia de un hombre, Hans Castorp, que decide visitar a un primo suyo que está internado en un sanatorio situado en lo alto de una montaña. El sanatorio resulta ser un micromundo donde los enfermos funcionan con unas leyes propias entre las que predominan la lentitud, el descanso y la contemplación. Por una suerte de empatía hacia el lugar Hans Castorp empieza a enfermar y lo que tenía que ser una visita de tres semanas se va alargando. No sé hasta cuando porque yo, quizá por empatía hacia la novela, empecé a experimentar un malestar parecido al del protagonista. Primero fue la tos, que fue volviéndose cada vez más molesta. Los días pasaban como las páginas y la tos empezaba a acompañarse de un intenso dolor de garganta y de una subida de temperatura leve pero continua. Se sucedían los días y mi salud no mejoraba.
Decidí aparcar la novela. Al día siguiente me encontré perfectamente. La novela sigue allí, en casa de mis padres, y no he tenido valor de volverla a leer, ni siquiera los párrafos subrayados.


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http://www.tabernil.com/2006/06/diario_de_f_iv