A veces la vida se nos complica, o nos la hacemos más difícil de lo que nuestro débil corazón puede soportar. Así pensaba Igres, un joven que andaba por las calles del barcelonés barrio de Gracia.
No hacía mucho tiempo, había descubierto un pequeño café-bar, donde la música en directo se mezclaba jolgórica con los humeantes cigarros posados en pequeños ceniceros de cristal. Botellines repletos de cerveza, infusiones servidas en taza, copas de vino rojizo y otras bebidas acostumbraban a formar círculos alrededor del humeante brasero repleto de colillas, todos juntos se dejaban oír tintineantes a ritmo de la música siguiendo libremente el compás. Cuando la armónica dejaba de hablar y se apagaba tenue la voz acariciante de unas pequeñas cuerdas vocales, todavía despuntaba algún que otro chasquido de dedos que no había podido contener la intensidad emotiva del momento.
Igres solía dejar que la espumosa cerveza besara suavemente sus labios; la saboreaba y se impregnaba de su sabor de la misma manera que se dejaba impregnar por el ambiente cálido y amable del bar. No era especialmente bueno ni malo siguiendo el ritmo que merodeaba las paredes ocres del local, solo vivía el estar ahí: escuchar buena música; observar las fotografías colgadas que ya empezaban a serle familiares; dejar bailar su imaginación y verse sorprendidamente posado en la línea de una bonita melodía, con los pensamientos ensalzados de acordes musicales y el cuerpo dispuesto a contornearse a través de la partitura, siguiendo el camino que el músico marcaba... ¿hasta cuándo? Pensaba...
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y yo me alegro....
me ha gustado....
oh! El curso de filosofía...
Os invitamos a visitar...
Al igual que Pe, yo también...