Ladridos

Ladridos (II). Afonía

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El tiempo nos arruga corazón y alma como ciruela caída del árbol. Sin duda. Nos visten de metálica malla para no sucumbir a los horrores de la vida y sirviéndonos tacitas coloreadas bebemos sorbo a sorbo las inmundicias que rodeando nuestro día a día muestran nuestro invencible bienestar.

Dom, 25/11/2007 - 13:32

Libros que nunca leeré - Me miento

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Últimamente difiero. Difiero aplazando mi obligada publicación mensual y difiero disintiendo en el seno de mi bipolaridad, obligándome a leerme en diferido; una acepción no considerada en 1780 por la imposibilidad en su ejecución… Y es que últimamente ando escaso de recursos y asímismo de juicios; no deseo ni recurrir a la cordura ni esperar la pronunciación de sentencia y, sin seguir pareceres, encuentro semejanzas de difícil imitación. ¿Se apoderó la absurdidad de mí? No conteste vigésima sexta; mucho temo que mi condición ciclotímica puede aina desvanecer.

Lun, 20/08/2007 - 15:44

Seamos sinceros (V). Porque sí

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Las noches caían una tras otra masticando sollozantes respuestas que el amanecer apresurado difuminaba hasta el olvido. Y en cada despertar, reubicada mentalmente la ingravidez de la pregunta, se incorporaba con lentitud atravesada por la misma sensación de pesadez apabullante; a sombra de si lución mudó de brillante piel, su insustancial, trivial o común despertar se repetía una y otra vez. La tragedia estaba servida y, sin motivo aparente, la respuesta parecía desear seguir ocultándose. De si lución mudó o no de brillante piel, en realidad, era lo que menos le preocupaba; una vana lid ad líbitum, un desasosiego en bajamar. Aunque… ¿Qué sabría ella de si lución atiende o no atiende a los constantes cambios de la mar?

Vie, 11/05/2007 - 11:59

Seamos sinceros (IV). Literatura social

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Un Estado es quien tiene el «monopolio sobre la violencia legítima».
—Maximilian Weber—

Llevo algunos meses subseccionado en silencio; escuchando los alrededores de mi vida intentando comprender. Escucho atentamente a los que su posición social les permite opinar en singular o en plural, escucho —entre cafés— conversaciones ajenas violadas por mis oídos, te escucho a ti y, de tanto en tanto, me sorprendo escuchándome a mí.

Jue, 19/04/2007 - 16:15

Seamos sinceros (III). Como un tren

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Lo reconozco. Houellebecq me pone a cien. Y no en el sentido peyorativo de la palabra sino en el puro sentido «pollativo» (apunten ésta para la Real Academia). Sentado en el asiento 19A del tercer vagón del primer Altavia que parte de la Estación de Francia hacia Puerta de Atocha, llevo poco más de media hora leyendo Plataforma de M. Houellebecq y me he sorprendido con una dureza extrema acosándome desde la entrepierna amenazando reventar la bragueta de los tejanos que llevo puestos. En un intento de salvaguardar mi integridad física he levantado la vista del libro y, al mirar frente a mi, ¡horror! una rubia ceñida en el interior de unos vaqueros con unas botas negras de medio tacón que le llegan hasta poco antes de las rodillas se ha empeñado en conversar con su compañero de trabajo —un italiano algo estúpido— cuestionándose por qué casi toda la gente del vagón duerme.

Mié, 17/01/2007 - 12:48

Libros que nunca leeré - En picado (Nick Hornby)

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Con poco más de quince años me abrumó el éxtasis de la post-adolescencia traumática y todos los recuerdos recopilados hasta el momento pesaron más que los años que estaban por venir. Me dejé seducir por la dulzura del sueño profundo, por el no-hacer y por el victimismo glorioso del que lo da todo por perdido. Durante ese largo periodo de tiempo, creo recordar que en total acumulé entre dos años y medio y tres años de necrosis cerebral, me consagré exhaustivamente a la vida contemplativa del que no contempla nada; leía hasta altas horas de la madrugada libros inertes de por sí como Fantasmas de Peter Straub, La larga marcha de Stephen King o El señor de los anillos de Tolkien, así como un sinfín de revistas clasificadas «para adultos» como eran Creepy, Cimoc, Cairo, El Víbora y Peter Pank entre otras. Me dejé arrastrar por el rugir metálico a cuatro tiempos del motor heavy; aferrándome durante el día a los auriculares de mi walkman Sony y escuchando, durante la noche, RNE Clásica para acabar despertando por las mañanas con música barroca, renacentista, cantos gregorianos o madrigales dependiendo de si era lunes, martes o cualquiera de los sucesivos días de la semana. Mis quehaceres diarios pasaban entonces por leer mierda (de la buena), escuchar mierda (de la buena), fumar mierda (muy, muy buena) y buscar la autosuficiencia complaciente a base de machacarme la polla insistentemente. Ni veía, ni quería un futuro.

Mar, 16/01/2007 - 11:50
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