Cómo puedo yo no estar agradecido de tan excelente amo. Miren cómo se esmera en prepararme el desayuno ¿Es habitual ver a un ser humano dándole la primera comida del día a cucharaditas a su perro? No tanto, créanme y él lo hace cada mañana, a excepción que llueva, claro, porque si llueve no salimos a trabajar. Me gusta cuando llueve, porque me siento como drogado. Me poso sobre una mesita que hay junto a la única ventana y me quedo estático mirando como cae el agua, o como se mojan las palomas. Pero no dura mucho esta simple distracción, porque cuando no salimos a trabajar, a mi dueño le viene el mono; le da tal ansiedad que todo él parece un músculo brillante y tenso. Cada dos minutos me aparta violentamente de la ventana para confirmar si sigue lloviendo. Es una lluvia de nada, una lluvia de mierda, repite incesantemente. Luego se va a sus cajoncitos, los vacía y comienza a contar y recontar el contenido de ellos: monedas de a 1, 5, 10, 25, 50 o 100 pesetas. Las ordena por su valor en pilas, después en filas, luego en montoncitos. Y esto le tranquiliza un poco.
Cuentos
Cambio de casa
Beto Stocker | CuentosNo fue la única noche en que nos cambiamos de casa en secreto, intentando no hacer ruido y sin despedirnos de ningún vecino. Pero aquella noche la recuerdo especialmente porque entendí por vez primera que habían enemigos invisibles que nos acechaban y de los cuales debíamos cuidarnos todos juntos, en familia. Mi hermano menor y yo éramos muy pequeños como para entender el alcance exacto de lo que estaba pasando en casa, pero sabíamos por «experiencia» que más o menos cada un año nuestro hogar se convulsionaba; aparecían un sinfín de cajas de cartón, cintas de embalar, cordeles... se quitaban algunos cuadros de las paredes, se descolgaba el columpio del patio, se lavaban las sábanas, se planchaba la ropa y se iba metiendo discretamente en maletas. Al perro se le mezclaban unas pequeñas pastillas en la comida cuando se acercaba la noche y ahora sé que no eran aspirinas. Si no era fin de semana esos días no íbamos a la escuela, pero nos dejaban jugar todo el día. Nuestras hermanas mayores se hacían de pronto mucho más mayores frente a nuestros ojos y se les otorgaba un especie de rango de guerra que les permitía no sólo mandarnos a sus anchas, sino incluso propinarnos coscorrones. Aquellos días las cortinas de la casa no se descorrían y mucho menos se abrían las ventanas.
El puente más alto de Chile
Beto Stocker | Cuentosa mi padre
Se me antojaban horas las que llevábamos detenidos a unos pocos metros del puente del Río Malleco, el puente más alto de Chile. Conformábamos una fila de camiones de gran tonelaje que hacía rato habían decidido callar sus motores, resignados ante una espera que se alargaba y se alargaba. Yo estaba un poco enfadado, porque el día anterior, cuando atravesamos el puente en dirección a Temuco, mi padre no quiso despertarme porque, según él, yo dormía muy plácidamente. Y ahora, de regreso, cuando había procurado no dejarme llevar por el ronroneo del motor para no dormirme, sucede que había que esperar, y además tan cerca... ¡Era el puente más alto de Chile! Eso significaba demasiado para mi imaginación ya excitada de por sí ¿Cuán alto es el puente «más alto» de Chile? ¿Se vería el fondo? A veces me lo imaginaba ladeado debido a la altura, no sé por qué, y pensaba que tendríamos que pasar lentamente sobre él para no caernos.
Se buscan suicidas (II) - El anillo
La suicida | Cuentos | Sección abiertaMarina creyó en un primer momento que Carlo era el hombre de su vida o al menos el hombre al que deseaba en ese momento de su vida —a punto de cumplir los 24— y por el que estaba dispuesta a perder unas cuantas noches de sueño; tampoco demasiadas porque al ser Carlo el nuevo novio de su más antigua y apreciada amiga debía Marina contener sus primeros instintos y sus shakespearianos tejemanejes mentales y olvidar a aquel chico y aún aquellos labios que solía mordisquear nervioso cuando estaba con ella, quizá cuando estaba con cualquier otra persona pero eso ella no podía saberlo pues no podía observarlo sin estar presente. Debía olvidar esos labios, sí, desprenderse de la presencia del fantasma del que ella vio en su día como el hombre de su vida o de una parte de su vida, o quizá de una noche de su vida.
Se buscan Suicidas (I) - Cuatro Estaciones
La suicida | Cuentos | Sección abiertaLlegaba tarde al curro. Tarde no; justo, que agobia más. Al llegar tarde el mal ya está hecho. Ya ha sido apretado el gatillo. Una vez rebasada la línea el problema es ya otro. Llegar justo no da tregua. «Te voy a matar, quizá». La respiración en puntos suspensivos. Los omoplatos erguidos. Justo.
Entre Atocha y Pinto el tren no ofrece muchos secretos a través de sus ventanas. Por eso él creía, hoy, haber tomado el tren para Hereford, como Sherlock Holmes en El misterio del Valle de Boscombe. Cada día cambiaba de ruta. A veces cogía el London Express hasta Manchester. Otras veces viajaba de Bristol a Exeter. ¿Qué pintaba él en la capital del condado de Devon? Eso era cosa suya. Probablemente se desplazaba hasta allí a resolver uno de sus casos. Secretos. Ser guardia de seguridad en un polígono industrial está bien, pero ser el detective privado de la alta sociedad victoriana es otra cosa. Se engaña. Se mantiene vivo. Hace siete años, casi exactamente, decidió no leer más libros nuevos.
El blanco
Beto Stocker | CuentosHabría que darle un repasito a las vidrieras del escaparate, no fuera a ser que se perdiera clientela por el simple hecho de impedirles la visión a los transeúntes. Aunque para que íbamos a engañarnos, la clientela de su pequeño negocio era siempre la misma, repetitiva como un molino de agua. Cada día la acera traía en su caudal a las mismas personas y a las horas señaladas. Una vez leyó en una columna de opinión del periódico local que ciertos productos tenían un público cautivo y se quedó muy tranquilo después de concluir que el suyo también lo era. Cerró el periódico como un autómata mientras se reconcentraba en un pensamiento que parecía querer plasmar en el interior de la vidriera: «Mis clientes son siempre los mismos; compran sus revistas y periódicos en mi local desde hace décadas, aún cuando en la esquina de Letamendi con Barrunto el joven ese, el hijo de don Mateo, puso una papelería de esas modernas en las que hasta se pueden comprar vídeos; por tanto, tengo un público cautivo».


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y yo me alegro....
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Al igual que Pe, yo también...