Durante años la visita de Rufus fue un hecho que se sucedió con pequeños intervalos de ausencia. Entraba por la puerta de Joaquín Costa y, arrastrando sus pasos hasta la primera columna de hierro, se apoyaba dejando su acentuada barriga y su enorme papada frente al camarero. De todos los asiduos al local fue el que más tiempo de su vida desgastó entre cañas, cañas y más cañas de cerveza. De él se sabía que era el privilegiado del local. El privilegiado y el «antenas», pues desde su situación podía controlar perfectamente lo que pasaba en la cocina, quien entraba o salía del bar, que personajes se estrujaban los bolsillos en busca de la última moneda de cinco duros antes de recordarle al «Niño» que tenía la obligación de apagar las tragaperras mientras iban a por más.


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Muy suelto veo yo a su alter...
A mí me encanta que las...
Aunque todo el mundo sabe...
Hola Pe fue un placer...
y yo me alegro....